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León XIV: una oportunidad para escuchar a quienes ya no tienen voz

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Argentina recibirá hoy al papa León XIV. No será una visita más ni un acontecimiento que pueda agotarse en las ceremonias protocolares, las multitudes, los discursos y las fotografías oficiales. La llegada del sucesor de Francisco representa una oportunidad excepcional para un país que atraviesa profundas dificultades sociales, económicas e institucionales y que parece haber perdido, en medio de sus interminables disputas, la capacidad de escucharse.

El Papa es una de las figuras de mayor autoridad espiritual y moral del mundo. Su palabra trasciende las fronteras de la Iglesia católica y alcanza a millones de personas, creyentes y no creyentes. No llega solamente a encontrarse con los fieles argentinos. Llega a una sociedad que necesita recuperar algunas discusiones fundamentales sobre la dignidad humana, la solidaridad, la justicia y el sentido de vivir en comunidad.

Su reciente paso por Uruguay dejó mensajes que merecen especial atención. León XIV habló de sociedades en las que las diferencias económicas no pueden traducirse en desigualdades de oportunidades y recordó que la riqueza, la inversión y la iniciativa económica deben generar beneficios que alcancen efectivamente a todos. También sostuvo que la dignidad de una persona no puede medirse por lo que produce, por su trabajo o por su capacidad para valerse por sí misma. La crítica al capitalismo exacerbado fue clara. 

Hubo, además, una definición particularmente significativa: la atención sanitaria debe estar al alcance de todas las personas, independientemente de sus recursos económicos. La pobreza, la falta de trabajo, la discapacidad y la exclusión, señaló, hacen todavía más necesaria la asistencia de la sociedad.

Son conceptos que, en la Argentina de hoy, adquieren una dimensión especial. Porque el país que recibirá al Papa es una sociedad atravesada por las consecuencias de un ajuste económico que golpea con particular intensidad a los sectores más vulnerables. Jubilados que no consiguen cubrir sus necesidades básicas, personas con discapacidad que deben luchar para acceder a prestaciones, familias que ven deteriorarse sus ingresos, trabajadores que pierden poder adquisitivo y organizaciones sociales y comunitarias que intentan cubrir necesidades que antes atendían con mayor presencia las políticas públicas.

No es casual que la relación entre la Iglesia argentina y el Gobierno de Milei atraviese momentos de tensión. Desde el comienzo de la gestión, los obispos han expresado reiteradamente su preocupación por el deterioro de las condiciones de vida, el impacto de los recortes sobre los sectores más desprotegidos y el debilitamiento de las redes de asistencia. El presidente del Episcopado, Marcelo Colombo, y otros referentes eclesiásticos han sido particularmente claros al advertir que la pobreza no es una interpretación política, sino una realidad que encuentran cotidianamente en sus comunidades.

La distancia también tiene una dimensión conceptual. Mientras el Gobierno ha cuestionado duramente la idea de justicia social, la Iglesia la considera inseparable de su doctrina sobre la dignidad humana y el bien común. No se trata simplemente de una diferencia de palabras. Detrás de ella existe una discusión profunda sobre qué responsabilidades tiene una sociedad frente a quienes no pueden resolver por sí mismos sus necesidades.

En ese escenario, la visita de León XIV adquiere una relevancia que excede largamente lo religioso. Su decisión de encontrarse con personas con discapacidad en el Pequeño Cottolengo Don Orione, con representantes del mundo del trabajo y con jóvenes, además de visitar una cárcel y celebrar una misa en Luján, expresa una prioridad: acercarse a las realidades humanas que muchas veces quedan fuera de los despachos donde se toman las decisiones.

El Gobierno, naturalmente, tiene derecho a recibir al Pontífice y a mostrar la dimensión institucional de la visita. Pero sería un error intentar convertirla en un acontecimiento de conveniencia política o reducir sus mensajes a aquello que resulte más cómodo para la administración de turno. Del mismo modo, sería equivocado pretender apropiarse de su figura desde cualquier otro sector partidario.

El Papa no viene a hacer campaña por nadie ni a convertirse en protagonista de la disputa política argentina. Pero tampoco puede esperarse que permanezca indiferente frente a las condiciones de vida de millones de personas. Su misión pastoral tiene, necesariamente, una dimensión social. Y esa dimensión interpela a quienes gobiernan, a quienes legislan, a quienes producen y a quienes tienen responsabilidades públicas.

Quizás allí resida la mayor oportunidad de estos días: que nuestros dirigentes sean capaces de escuchar sin sentirse atacados, de reflexionar sin buscar inmediatamente una respuesta para las redes sociales y de reconocer que la realidad de quienes sufren no puede quedar subordinada a los egocentrismos, los fanatismos y las necesidades de confrontación permanente.

La Argentina necesita menos dirigentes convencidos de que poseen todas las respuestas y más representantes dispuestos a escuchar las preguntas de la sociedad. Necesita menos descalificaciones y más capacidad de diálogo. Menos discusiones sobre quién tiene razón y más preocupación por quienes no llegan a fin de mes, no pueden acceder a un tratamiento médico o ven cómo se cierran las oportunidades para sus hijos.

León XIV llega también a la tierra de Francisco. Y aunque cada pontificado tiene su propia identidad, hay una continuidad que no debería perderse: la preocupación por los descartados, por quienes quedan al margen de los beneficios del desarrollo y por una humanidad que no puede acostumbrarse a convivir con la indiferencia.

No sabemos cuáles serán exactamente las palabras que el Papa elegirá para dirigirse a los argentinos. Pero sí conocemos buena parte de sus preocupaciones y los mensajes que ya ha transmitido en otros lugares. Sería saludable que, en lugar de anticipar controversias o buscar interpretaciones convenientes, quienes tienen responsabilidades políticas se dispongan a escuchar.

La visita durará apenas unos días. Los problemas del país, en cambio, seguirán estando cuando el avión papal parta rumbo a Perú.

Por eso, el verdadero valor de este acontecimiento no debería medirse por la cantidad de personas que concurran a las celebraciones ni por la cordialidad de los encuentros oficiales. Debería medirse por nuestra capacidad de transformar, aunque sea parcialmente, la reflexión en decisiones concretas.

Que los dirigentes argentinos, de todos los partidos y espacios, puedan dejar por un momento sus egos, sus fanatismos y sus trincheras para escuchar un mensaje que no pertenece a ninguna fuerza política: ninguna sociedad puede considerarse verdaderamente exitosa mientras una parte de sus integrantes queda condenada a la exclusión.

Ojalá la visita del Papa sirva para recordarnos algo elemental que, en medio de tanta confrontación, parece haberse olvidado: el centro de la política no debería ser el poder, sino las personas.

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