Cuando escuchamos al ex ministro de la Suprema Corte de Justicia de Mendoza Alejandro Pérez Hualde advertir que la independencia judicial en nuestra provincia está en duda, la preocupación debe acentuarse. La independencia no es un privilegio que los jueces poseen, sino un servicio que le deben a la comunidad. Y esa autonomía solo es real cuando es capaz de resistir la seducción —o la presión— del poder político. El peligro de la suma del poder público no es solo una categoría política; es una patología vincular que asfixia la diversidad y convierte al otro en una extensión de la propia voluntad.
En este escenario, el periodismo habitualmente aparece como el actor incómodo, ese que llega para romper el monólogo del poder. De hecho, en la apertura del año judicial, el actual presidente de la Corte, Dalmiro Garay, dijo cómo debía trabajar la prensa. Ello le valió el desacuerdo con otro supremo, José Valerio, quien a nuestro medio le admitió que no estaba de acuerdo con las expresiones del presidente del Tribunal.
Resulta revelador que, tanto en las esferas nacionales como en las nuestras, la prensa sea hoy el blanco predilecto de quienes ejercen el mando. Al político le molesta demasiadas veces el cronista, le irrita la pregunta que no ha sido guionada, porque la verdad suele ser una visita inesperada que desordena el decorado de las conveniencias. Sin embargo, sin ese periodismo que se atreve a ser el guardián del espíritu republicano, nos quedaríamos ciegos ante los excesos.
Atacar a la prensa, o cuestionar su derecho a escrutar la independencia de los jueces, es un síntoma de miedo. Es el miedo a la mirada del otro. Pero la salud de una nación no se mide por la ausencia de críticas, sino por la capacidad de sus instituciones para integrarlas y transformarlas en integridad. Si la justicia intenta blindarse frente al escrutinio de los medios, termina convirtiéndose en un palacio de cristal: hermoso a la vista, pero frágil ante el menor contacto con la realidad de la gente.
La libertad de prensa y la justicia independiente son los únicos muros que nos protegen del desamparo. Defender la labor de informar es, en definitiva, defender nuestro derecho a no ser engañados. Porque cuando el poder se vuelve absoluto, la primera víctima es la palabra. Y una sociedad que pierde su palabra es una sociedad que ha perdido su alma. Quizás sea momento de recordar que la verdadera autoridad no nace de la imposición del silencio, sino de la coherencia de los actos bajo la luz pública.







