Los pastores proselitistas y los fieles desilusionados

El término “proselitismo” proviene del latín eclesiástico prosélytus, que a su vez proviene del griego prosêlütos que significa “nuevo venido (en un país extranjero)”. Aunque la palabra proselitismo fue vinculada originalmente al cristianismo, también se utilizó a posteriori para referirse a las prédicas de otras varias religiones que tienen el objetivo de convertir a la gente en seguidores de sus creencias o de su fe.
Con el correr del tiempo, esas “conversiones” también se han procurado en otros ámbitos y en las arenas políticas el término es aplicado con justeza. Actualmente, en nuestro país transitamos días proselitistas, con candidatos buscando atraer las voluntades populares mediante palabras y acciones que bien podrían parangonarse con algunos ritos religiosos.
Así, hemos podido ver y seguimos viendo cómo quienes pretenden ocupar un cargo electivo declaman las más diversas soluciones a nuestros pesares con palabras que, a tenor de la profundidad y antigüedad que observan algunos de los pesares que nos aquejan como sociedad, suenan más a magia que a acciones de gobierno posibles.
También hemos sido testigos de la “bondad” con la que la mayoría de esos candidatos por estos días se arriman de forma llamativa por lo inhabitual a los ciudadanos de a pie y a sus lugares de residencia, en una conducta que se reitera campaña tras campaña y que, sabemos, no se repetirá muchas veces una vez que pasen las elecciones.
Esa “cercanía popular” también estará adornada por fotos de los sonrientes pretendientes a los cargos públicos con niños y ancianos, discursos de inclusión y empatía que luego no se concretan en la acción dirigencial efectiva y hasta actuaciones “pastorales” del pretenso salvador, con sonoros besos a sus seguidores incluidos.
En tanto, los electores seguimos esperando que tanto “ideal” alguna vez se convierta en realidad para no sentirnos meros prosélitos que, cada tanto, somos seducidos, convencidos y desilusionados a intervalos regulares.