Los penosos resultados de la intolerancia y el fanatismo

Una parte importante de los argentinos nos hemos adaptado a la intolerancia como estilo de vida. Lo que en otros momentos de nuestra historia eran reacciones que podían presentarse ocasionalmente cuando discutíamos sobre algún tema puntual, hoy es un hábito llamativa y peligrosamente periódico.
A nivel político-periodístico, el término “la grieta” vino a querer ilustrar lo que la realidad mostraba (y muestra) como un permanente contradictorio entre quienes profesan ideas, visiones, opiniones distintas. Claro, lo de la “grieta” tiene que ver con la imposibilidad ya no de enrolarse en el bando opuesto, sino de ni siquiera tener algún tipo de cercanía o puente con quienes están del otro lado de esa inexpugnable línea divisoria. El que piensa distinto es un enemigo, un ente que no merece más que la reprobación, incluso antes de vislumbrar someramente las razones que pudiera esgrimir en sus argumentos.
Esta sinrazón del fanatismo egocéntrico tuvo en su origen y aún tiene su ejemplo más palmario en la clase política dirigente, oficialismos y oposiciones, de todos los colores. Lo que históricamente era una saludable tradición contradictoria entre los diferentes espacios políticos, con sus referentes brindando sus visiones sobre cómo conseguir el objetivo final del bien común, y que deparaba discusiones filosóficas de altura y productivas, en el tramo final de nuestro trayecto como país se ha transformado en una especie de blanco-negro permanente y con tendencia a la acentuación.
Para colmo, lo que parecía ser ya una perniciosa actitud que se daba solo en el marco de “los políticos”, hoy se ha contagiado a vastos sectores de la sociedad, donde cada cual reclama respeto por sus pareceres para, acto seguido, denostar los pareceres ajenos.
La intolerancia se ha adueñado de nosotros. La unidad nacional o el proyecto común son apenas meras expresiones de voluntad que poco tienen que ver con nuestra práctica comunitaria diaria. Los resultados a la vista están…