Los reclamos y los ejemplos a la juventud

Hablar de “la juventud” presupone asumir temas que son sumamente bastos pero que los adultos muchas veces hemos optado por relacionarlos, casi de manera uniforme, con aspectos negativos o disvaliosos.
Así, nos hemos ocupado de regular la diversión nocturna, los viajes de egresados, los festejos por el Día del Estudiante, entre otros. Y es que para evitar situaciones lamentables, puesto que –también es necesario decirlo– muchas veces la anomia o la rebeldía propia de algunos jóvenes dominan sus conductas, derivando en hechos dañosos y hasta trágicos, los mayores intentamos tomar los recaudos para que esas situaciones luctuosas no se produzcan. Este año, además, la franja “joven” de la sociedad es señalada como la que más contagios de Covid-19 presenta y las referencias al poco respeto que sus integrantes tienen para con las recomendaciones sanitarias oficiales los han puesto –una vez más–en el ojo de la tormenta de las acusaciones.
Más allá de todo, muchos de los adultos que analizan y/o toman decisiones respecto a la regulación de la conducta de nuestra juventud dejan de lado aspectos que son centrales y que, paradójicamente, muchas veces no tienen que ver con las actuaciones de los jóvenes sino de los propios adultos. Y es que somos los “grandes” quienes habitualmente no brindamos buenos ejemplos, quienes pretendemos que nuestros hijos hagan cosas que nosotros mismos no somos capaces de hacer como integrantes de una comunidad y, fundamentalmente, quienes muchas veces le cedemos interesadamente la responsabilidad del cuidado y la educación de nuestros chicos a otros, fundamentalmente al Estado.
Todos los adultos hemos sido jóvenes alguna vez y es lógico que pretendamos que quienes nos suceden en el camino de la vida tengan una existencia tranquila y respetuosa de la comunidad. No obstante, la regulación de sus actos y las recomendaciones que en general les damos deberían ir acompañadas de actitudes ejemplificadoras de nuestra parte para que ellos obren en consecuencia.

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