Los sacrificados de siempre

En medio de la polémica por los aumentos en las tarifas de los servicios públicos, el presidente Mauricio Macri mandó el lunes un claro mensaje desde Vaca Muerta: les pidió a los gobernadores que eliminen los impuestos provinciales que integran las boletas de energía eléctrica y gas, y -a su vez- desafió a los argentinos en general a “consumir menos energía”.
Lo solicitado por el mandatario fue casi inmediatamente obedecido por la gobernadora de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, que anunció que dejará de percibir los montos que a su provincia le corresponden. Otros mandatarios -como Alfredo Cornejo- aún no se han expresado al respecto y varios murmuran su oposición a dejar de recibir esos fondos, muchas veces claves para las arcas.
En un plano eminentemente político, desde Cambiemos se asegura que la situación actual es consecuencia de una pobre y desorganizada inversión en el esquema de producción y distribución de la energía durante “los 12 años de administración kirchnerista”.
Por su parte, los analistas más ecuánimes estiman que los hidrocarburos y la energía eléctrica se han ido “quedando en el camino” a la hora de satisfacer las necesidades que el sistema productivo argentino –y la sociedad en general- evidencian. En ese sentido, aseguran que se requiere de grandes inversiones para superarlo. Aquí es donde aparecen las empresas concesionarias que –vale decirlo- han obtenido millonarias ganancias, durante el kirchnerismo y durante el macrismo.
Por encima de discusiones acerca de “herencias recibidas” y “tarifazos antisociales”, es difícil pensar el desarrollo nacional sin energía, y que ésta demuestre calidad, disponibilidad, confiabilidad y precio justo es todo un desafío.
Demagógico sería soslayar que la razonabilidad en el consumo es otra de las claves para salir de la crisis. Sin embargo, el ciudadano común, el que paga religiosamente sus tarifas, ve cómo el sacrificio siempre debe hacerlo un mismo protagonista de la temática: él mismo.