Ayer se conmemoró el Día de los Valores Humanos. La fecha tiene como motivo regular la conducta, superación y dignificación moral y espiritual de cada persona. Estos valores humanos son, asimismo, los cimientos donde se debe sostener una Nación. Una patria que pondere y aprecie los valores será entonces, y solo así, una patria libre, independiente y soberana.
La realidad moderna parece mostrarnos que los antivalores copan el escenario; donde el tener vale más que el ser; donde lo efímero y fácil, tiene mejor rating que el esfuerzo y la valentía; donde la “viveza criolla” vale más que la honestidad y la transparencia; y donde el “no te metas” es más fuerte que el compromiso.
Todo proceso de declinación o decadencia nacional o colectivo encubre, por lo general, un progresivo debilitamiento de los valores de orden moral que alumbran la dinámica interior de toda comunidad o de sus estructuras sociales, familiares o dirigenciales.
Un país se proyecta y se edifica por múltiples caminos, pero sobre todo por la vía de los grandes emprendimientos que permiten avanzar hacia el pleno desenvolvimiento de las energías que toda sociedad esconde en lo más profundo de su potencial económico y productivo. Sin embargo, el crecimiento integral de una sociedad presupone algo más: la preservación de su mejor y más hondo reservorio de valores morales. A esos valores debe atender la comunidad en una correlación permanente con el fortalecimiento de sus estructuras educativas y de las energías que emergen de su riqueza interior y de su vocación espiritual y creativa. Y en ese proceso desempeña un papel decisivo la fuerza que emana de ese sedimento de valores humanos a los que resulta imprescindible volver una y otra vez.
Ninguna sociedad puede encontrar el camino hacia su crecimiento y desarrollo integral si no tiene a la vista nociones y modelos efectivos de conducta, de superación y de dignificación. Y eso no es una cuestión de un día, sino de todos.





