La naturaleza tiene una pedagogía brutal para desmentir las planillas de los ministerios. Lo que pasó el martes en San Rafael, con piedras de un tamaño que no se veía en años golpeando los techos y las fincas de nuestros distritos, no es solo un evento meteorológico de magnitud; es el acta de acusación más feroz contra una política de desinversión que ha dejado al Oasis Sur a la intemperie.
En declaraciones a nuestro medio, Mauricio Marín, titular de la Específica de Agricultura de la Cámara de Comercio local, le puso palabras al estupor de miles de vecinos: «A las pruebas me remito: el sistema evidentemente funciona y su ausencia se nota». La afirmación de Marín no es un eslogan, es una constatación técnica que la mayoría de los sanrafaelinos comparte con una mezcla de indignación y desamparo. El sistema de lucha antigranizo no hace milagros, pero cumple una función vital de mitigación.
Existe en la comunidad una percepción creciente y justificada de que el Gobierno Provincial ha decidido -equivocadamente- considerar a la lucha antigranizo como un gasto prescindible antes que como una inversión estratégica. Esta falta de apoyo sistemática es vista por el arco productivo y social de San Rafael como un perjuicio directo a nuestro oasis.
No se puede pedir eficiencia al agricultor si el Estado le retira el escudo protector contra la vulnerabilidad climática. La criticable arquitectura oficial se completa cuando las soluciones pretenden discutirse en octubre, con las tormentas ya encima de nuestro departamento.
La seguridad productiva requiere previsibilidad, no rumores de presupuesto ni negociaciones a contrarreloj. El reclamo urgente por una reunión con el ministro Vargas Arizu debe ser el punto de partida para una política de Estado que deje de mirar al sur como un renglón de ajuste. La defensa de nuestros cultivos y de nuestra infraestructura urbana es una cuestión de soberanía productiva. Si la «lapicera» política sigue ignorando la singularidad climática de nuestra zona, estará confirmando que la distancia entre Mendoza y San Rafael es mucho más que una cuestión de kilómetros; es una brecha de sensibilidad y de política partidaria que hoy se paga con el estruendo del granizo sobre la producción y los bienes de los sanrafaelinos.







