Marginados

Padre José Ceschi

«La tierra donde creciste te hizo marginado. Quedaste marcado para siempre: Nazareno. La noche de tu nacimiento en la cueva te hizo igual a los pastores que dormían al sereno. Tu muerte fue en la cruz, fuera de las murallas, donde estaba la maldición y el destierro. Te colgaron, como a un revolucionario, en la cruz para que ellos pudieran seguir yendo al templo».
Así comienza el «Salmo del marginado», incluido en «Salmos del alba», de Emilio Mazariegos. ¿No quisiera continuar leyendo?
«Te llamaron comilón y bebedor. Te llamaron sedicioso, embaucador, perturbado mental, porque te hiciste como la gente de tu pueblo. Rompiste la muralla que separaba a los hombres, y te situaste entre la basura, entre el deshecho. Fuiste uno de tantos, Señor del alba, Jesús, hecho esclavo hasta llevar a hombros el madero.
Tus amigos fueron los pobres, los de corazón roto, los que cargaban con la culpa, con los hierros. Tus amigos eran los pecadores, los de baja condición, los que tenían la cuenta del banco a cero. Eran los campesinos, los publicanos, los pastores, las prostitutas, los leprosos, los enfermos. Tus amigos eran los sin nombre ni apellido, los que en la vida nunca tuvieron derechos.
Tus amigos eran los niños, la gente sencilla, los mal vistos, los incultos, el mundo de los necios. Tus amigos eran los hombres sumidos en el dolor agarrado a su corazón de hombres, por desprecio. Tus amigos a la mesa eran los de corazón impuro a los ojos de los de manos limpias. Y tu reto era compartir la mesa para mancharte el corazón del dolor escondido en lo profundo del hombre-dentro…
Gracias, Señor Jesús, por hacerte marginado entre los hombres y llevar la salvación al hermano enfermo. Gracias porque tu gratuidad, es regalo al hombre que extiende la mano y no llega a serlo. Gracias porque el corazón del Padre, en el tuyo, se ha hecho morada eterna en ‘los sin derecho’. Gracias por llamar malaventurado, maldito, al hombre que margina al hombre, para seguir subiendo. Gracias por llamar bienaventurado, bendito, al hombre que ni siquiera lleva a la boca el pan nuestro».
Le sugiero recortar esta plegaria. Y rezarla. Y compartirla con otros. Para comprometernos todos.

¡Hasta el domingo!

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