Messi ante el espejo del poder
La figura de Lionel Messi ha trascendido, hace tiempo, los límites del campo de juego para instalarse en el panteón de los íconos globales. Sin embargo, su construcción pública siempre se sostuvo sobre un pilar fundamental: la neutralidad. Durante décadas, el capitán argentino cultivó un perfil apolítico casi hermético, una distancia prudencial que lo mantuvo a salvo de las divisiones que fracturan a nuestra sociedad. Esa estudiada ausencia de gestos políticos fue, para muchos, un refugio de humildad; para otros, una carencia de compromiso social ante los reclamos de un pueblo que suele exigirle a sus ídolos
Esa trayectoria de silencio acaba de romperse de la manera más inesperada en la Casa Blanca con la visita a Donald Trump.
Resulta inevitable trazar un paralelo entre esta visita protocolar y la historia reciente de Messi con el poder en su propia tierra. En 2022, tras alcanzar la gloria máxima en Qatar, el plantel nacional tomó la decisión inédita de no asistir a la Casa Rosada, evitando una foto que pudiera ser interpretada en clave partidaria. Aquel gesto fue leído como una declaración de independencia, un mensaje de que la Selección pertenecía a la gente y no a los gobiernos de turno.
La controversia no nace solo del encuentro en sí, sino de la magnitud del interlocutor. Donald Trump representa una de las figuras más polarizantes de la historia moderna, cuya retórica y políticas han generado debates profundos sobre los derechos civiles y la convivencia democrática. Que Messi, el hombre que evitó sistemáticamente pronunciarse sobre las urgencias sociales de su país, acceda a posar junto a uno de los políticos más polémicos del mundo, genera una contradicción que no puede pasarse por alto.
El compromiso que se le reclamó tantas veces ante crisis económicas o sociales en Argentina, parece haber encontrado su excepción en la cortesía institucional de un país ajeno.
En San Rafael, donde las pasiones deportivas y las convicciones políticas suelen entrelazarse en cada debate cotidiano, este giro de guion en la carrera del astro invita a una reflexión sobre la coherencia de nuestras referencias culturales. La imagen del capitán entregando una camiseta rosa en el Salón Oval simboliza un cambio de paradigma: el ídolo que no quería «quedar pegado» a la política argentina ha terminado siendo parte de la escenografía del poder más influyente del globo.
Este hecho marca un quiebre en la narrativa del deportista ajeno a las disputas del mundo real. Al final del día, los símbolos nunca son neutrales y las fotos siempre dicen lo que las palabras callan. El silencio de Messi, que durante años fue su marca registrada en términos cívicos, ha sido reemplazado por un gesto que habla con una elocuencia que muchos de sus seguidores todavía intentan procesar.