Por Padre José Ceschi
Los ojos, decían los antiguos, son las ventanas del alma. Ella se asoma, en efecto, a los ojos para mirar el mundo desde allí. Pero son también nuestros ojos los que muchas veces permiten a los demás asomarse a nuestra alma.
Algunas veces usted se miró a los ojos en el espejo. Y si es una mujer, lo hace muy seguido. Pero es probable que nunca se le haya ocurrido expresar una oración a partir de los ojos que Dios le dio. O, por lo menos, no con la profundidad y belleza de esta plegaria de Michel Quoist:
«Gracias, Señor, por mis ojos, ventanales abiertos sobre el mundo. Gracias por la mirada que lleva mi alma a los hombres como los rayos de tu sol conducen el calor y la luz. Haz que mis ojos sean claros, Señor. Y que mi mirada, siempre recta, siembre afán de pureza. Haz que no sea nunca una mirada decepcionada, desilusionada, desesperada, sino que sepa admirar, extasiarse, contemplar.
Da a mis ojos el saber cerrarse para hallarte mejor, pero que jamás se aparten del mundo por tenerle miedo. Concede a mi mirada el ser lo bastante profunda como para conocer tu presencia en el mundo. Y haz que jamás mis ojos se cierren ante el llanto del hombre.
Que mi mirada, Señor, sea clara y firme, pero que sepa enternecerse, y que mis ojos sean capaces de llorar. Que mi mirada no ensucie a quien toque; que no intimide, sino que sosiegue; que no entristezca sino que transmita alegría; que no seduzca para apresar a nadie, sino que invite y arrastre al mejoramiento. Haz que mi mirada conmueva a las almas por ser un encuentro, un encuentro contigo. Para que mi mirada sea todo eso, Señor, una vez más esta mañana te doy mi alma y mi cuerpo y mis ojos. Para que cuando mire a mis hermanos los hombres, seas tú quien los mire y, desde dentro de mí, tú los saludes».
¡Hasta el domingo!







