Modas

Padre José Ceschi

¿Qué es la moda? Me divierte la definición de Oscar Wilde «La moda no es sino una forma de fealdad tan intolerable que debemos cambiarla continuamente».
Exagerada o no esta idea toca al menos un aspecto de la moda: su carácter efímero. El cambio permanente es esencial, porque sin cambio no hay moda.
Lo que tenemos que preguntarnos seriamente (y más en estos tiempos de penurias) es si todo cambio es válido sólo por ser cambio. Una cosa es la variedad de los vestidos que evita la monotonía y otra es la obsesión por cambiar a cualquier precio. Por desgracia, como escribiera Sanial-Dubay, «la autoridad de la moda es tan absoluta, que nos fuerza a ser ridículos para no parecer ridículos». O, en el decir de Stendhal, «el mal gusto consiste en confundir la moda, que sólo vive de cambios, con lo bello duradero».
Un fenómeno curioso. La gente joven quiere ser independiente, personal, distinta. Y al mismo tiempo muchos jóvenes aparecen tremendamente masificados vistiendo lo que la moda exige vestir y archivando lo que la moda les exige archivar. Esto les da una sensación de independencia, pero olvidan que están siendo movidos por los sutiles hijos de la publicidad; publicidad que en su mayor parte es manejada por gente no precisamente es joven…
Aun cuando la moda está tocando también a los varones -sobre todo jóvenes-, ella condiciona más que nada a las mujeres. La cosa viene de lejos. Ya San Pablo dijo algo: «Que las mujeres se arreglen decentemente, con recato y modestia, sin usar peinados rebuscados, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos. Que se adornen más bien con buenas obras, como conviene a personas que practican la piedad» (1Tim 2,9-10).
Un buen punto de referencia para las mujeres cristianas. Y hablando de ellas, escuche cuánta sensatez en la respuesta de una niña de siete años. La mamá quiere perforarle las orejas para ponerle los aritos. Como la chica se resiste llorando, la madre quiere convencerla: «Pero nena, Dios quiere que las chicas tengan aritos para ser más lindas». Ella deja de llorar y, entre pucheritos, le contesta: «Si Dios quería que yo llevar los aritos, me hubiera hecho nacer con agujeritos en las orejas…» Le dejo para usted el comentario.

¡Hasta el domingo!