A pocos metros de la Capilla Central de la Necrópolis de Colón, en La Habana, Cuba, hay una pequeña tumba que sobresale de las demás. Hecha de mármol blanco y cubierta de flores, la tumba está llena de ofrendas y mensajes de agradecimiento. La estructura le pertenece a Amelia Goyri de la Hoz, más conocida como “La Milagrosa”, una desafortunada mujer a la que le bastaron 23 años para ser considerada una santa, teniendo millones de devotos a su espalda.
Amelia Goyri de la Hoz: nacimiento y amor prohibido
Producto de una familia de clase media, Amelia Goyri nació en una cálida Habana en algún momento de 1877. A los 13 años, un chico marcó su vida amorosa para siempre: era precisamente José Vicente Adot, su primo segundo. En un principio, los padres de la niña se opusieron fuertemente a este romance, debido a que no garantizaba un bienestar a futuro. Sin embargo, a los jóvenes no les importó y mantuvieron un romance en secreto.
En esos tiempos, la muerte acechó el hogar familiar. El fallecimiento de su madre le afectó sobremanera. Además, como si no hubiera sido suficiente, José Vicente marchó a la manigua a luchar por la libertad de Cuba en la Guerra de Independencia. Su padre, antes de fallecer, la puso bajo la tutela de su tía doña Inés, casada con el español don Pedro de Balboa, marqués de Balboa.
Esto no hizo más que alejarla del mundo conocido como de su amor. Esa etapa la vivió en la lujosa mansión de la tía, el Palacio de Balboa, en la calle Egido. De puertas para afuera, Amelia aprendía lo necesario para vivir en la alta sociedad, desde los finos modales hasta los extravagantes hábitos. Pero por dentro, se moría de angustia al tener a José Vicente lejos de ella.
Pasó un tiempo hasta que, en 1898, la guerra llegó a su fin. Con esto, José volvió a su hogar con grados de capitán del Ejército Libertador. El marqués de Balbo y el padre de Amelia habían fallecido para ese punto. Lejos de los obstáculos puestos en un inicio, José Vicente pidió a doña Inés la mano de su sobrina.
El tardío y esperado casamiento
El casamiento llegó el 25 de junio de 1900 en una íntima reunión familiar. A casi un año de su boda, Amelia quedó embarazada. Esto generaba esperanza y alegría en la pareja. A los ocho meses de embarazo, Amelia entró en trabajo de parto de manera prematura y un ataque de eclampsia acabó con su vida y la de su hija. Era el 3 de mayo de 1901, día de la Santísima Cruz.
Algunos aseguran que los restos se inhumaron por separado, mientras que otros dicen que el niño fue colocado en el mismo ataúd, a los pies de la madre. Algunos afirman que cuando se exhumaron los restos de ella, se encontraron con que Amelia tenía a su bebé en los brazos.
La muerte de su esposa e hija sumió a su esposo en un profundo dolor. Se cree que, como forma de honrarla, visitaba su panteón día tras día, con la esperanza de que su mujer vuelva a la vida.

Durante cuatro décadas, regresó una y otra vez al panteón con el mismo ritual: dejaba flores, golpeaba suavemente la aldaba de bronce incrustada en el mármol, conversaba con la difunta y le pedía consejo. Y al retirarse, se alejaba sin darle la espalda, como muestra de respeto.
Enterado del deceso y conmovido por la triste historia, el escultor cubano José Vilalta Saavedra, amigo de José Vicente y autor de obras significativas del propio cementerio, decidió inmortalizar a Amelia y a su hija en una escultura que pasará a ser emblema del cementerio.
Construida en 1909, la estructura de mármol consta de una Amelia madre, vestida con fina túnica, que sostiene a su hija en el brazo izquierdo y se apoya en una cruz con el otro.
El inicio de la tradición y el nacimiento de La Milagrosa
Muchos consideraron que José Vicente había perdido la razón por hablar con Amelia y atribuirle el poder de conceder favores. Sin embargo, su devoción terminó dando origen a una creencia que se propagó de boca en boca. Cada vez más personas comenzaron a acercarse al sepulcro convencidas de que la joven poseía dones sobrenaturales.

El viudo intentó frenar aquella creciente veneración, pero nada dio resultado. La tradición popular sostiene que, trece años después de su muerte, cuando el panteón fue abierto para dar sepultura a otro integrante de la familia, el cuerpo de Amelia apareció intacto y con su hija entre los brazos, en una imagen de protección maternal que inspiró la escultura realizada por Saavedra. Desde entonces, su historia trascendió las fronteras del cementerio y comenzó a ser conocida como La Milagrosa.
Cuando José Vicente murió, fue enterrado junto a su mujer. Hoy, el ritual que él inició sigue vigente. No pasa un solo día sin que alguien se acerque al sepulcro para dejar flores, tocar la aldaba, formular un pedido y retirarse sin darle la espalda. Las placas de agradecimiento acumuladas alrededor del panteón dan testimonio de quienes aseguran haber recibido su ayuda.

La imagen del bebé que Amelia sostiene en brazos suele aparecer vestida con prendas llevadas por los fieles en señal de gratitud. A su alrededor nunca faltan flores frescas, renovadas constantemente por visitantes llegados desde distintos rincones de Cuba e incluso del extranjero a pedirle favores a una mujer que sufrió y que, el amor que recibió ya muerta, le valió para convertirse en La Milagrosa.
Fuente: Radio Mitre



