Allá, en la ruta entre Alta Gracia y Córdoba, se encuentra un monumento de catorce metros más alto que el Obelisco donde está debajo el cuerpo de una aviadora. El Ala, caracterizada por su particular forma, esconde la trágica historia de Myriam Stefford, esposa del escritor Raúl Barón Biza, donde el amor, muerte, excentricidad y mitologías urbanas se juntan en un relato que tiene casi 90 años y muchas dudas sin resolver.
La historia de amor de Myriam Stefford y Raúl Barón Biza
Detrás de la historia de la misteriosa estructura, hay una famosa pareja de la Argentina del siglo XX: Myriam Stefford y Raúl Barón Biza. Ella era una actriz suiza que tenía en su espalda varias películas europeas. Además, se caracterizaba por ser una joven ambiciosa, temeraria en su pasión por volar. Él, por otro lado, era un escritor argentino con un buen pasar económico.
Heredero de una gran fortuna, Barón Biza se movía con naturalidad en los círculos más exclusivos de Europa. En París, su nombre era sinónimo de excentricidad: organizaba cenas fastuosas junto a figuras influyentes en los restaurantes más selectos y se jactaba de haber hecho saltar la banca del casino de Montecarlo en más de una ocasión.
En 1928, Stefford conoció al escritor en Venecia. Tal fue el flechazo que dos años después llevaron a cabo la boda en la basílica de San Marcos en Italia. En ese contexto, su vínculo con Rosa Rossi no sorprendió a su entorno. Ella también cultivaba un perfil fuera de lo común: en Berlín, solía pasear por la ciudad acompañada por un leopardo domesticado, una postal que reforzaba el carácter excéntrico de la pareja.

Ya casada, abandonó su carrera como actriz para mudarse a la Argentina, donde descubrió una nueva pasión, que compartió en pareja: la aviación. Ellos no solo tenían ese gusto en común, sino que lo llevaban a imponerse retos de aviación. Y fue así como surgió la idea que la llevaría a la muerte: unir 14 capitales argentinas, acompañada por su maestro Ludwig Fuchs, un héroe de guerra alemán.
La trágica odisea que cobró la vida de la aviadora y su maestro
El plan inicial era cubrir 4.100 kilómetros en cuatro días. Stefford con 25 años junto a su instructor, partieron del aeródromo de Morón, Buenos Aires, el 18 de agosto de 1931, en un biplaza alemán llamado Chingolo, un Messerschmitt BFW con motor de 80 caballos de fuerza.
A poco de la salida, el avión presentó algunos problemas mecánicos, la pareja de aviadores tuvo dos aterrizajes de emergencia, en Santiago del Estero y Jujuy. Esto retrasaba la hazaña que estaba siendo seguida por todo el país. Por eso, Barón Biza decidió brindarles ayuda y les envió Chingolo II, una aeronave que suplantó a la primera para concretar la travesía.

Sin embargo, poco iba a saber el hombre que el vehículo que les envió los iba a llevar a su muerte ya que, el 26 de septiembre, durante su primer vuelo, la avioneta cayó en picada contra el suelo en la localidad de Marayes, una zona desértica de San Juan.
Con el paso del tiempo comenzaron a circular versiones que pusieron en duda la historia oficial. Algunas leyendas sostienen que el empresario habría descubierto un supuesto vínculo entre Myriam y su instructor de vuelo, y que, a partir de esa sospecha, habría enviado una segunda avioneta con fallas mecánicas.

Esa hipótesis cobró nuevo impulso en 2015, cuando una historiadora detectó elementos llamativos en fotografías periodísticas de la época: posibles heridas de bala en los rostros de las víctimas y cuerpos que se mantenían intactos pese al incendio de la aeronave. Además, la pareja de aviadores volaba con uniformes de pilotos y en las imágenes históricas se los puede ver con ropa de civil. Ese detalle dejó más dudas que respuestas en los investigadores.
“Maldito sea el que profane esta tumba”: el monumento “El Ala” y la Cruz del Sur
El traslado se hizo en tren hasta Buenos Aires y el velatorio se realizó a cajón cerrado, en un clima de recogimiento. Al día siguiente, el féretro de Stefford fue conducido hasta el panteón de la familia Barón Biza en el Cementerio de la Recoleta, donde recibió sepultura.
El viudo no escatimó gestos para mantener viva su memoria. Dejó huellas materiales y arquitectónicas que funcionaron como homenaje permanente, entre ellas un monolito de 14 metros erigido en el lugar del accidente, donde mandó grabar un fragmento de un poema de Francesco Petrarca y frases que evocaban su amor por ella.

Pero esto no bastó. Le encargó al ingeniero Fausto Newton la construcción de un mausoleo imponente con forma de ala de avión, levantado en el paraje Los Cerrillos, sobre el camino que une Córdoba con Alta Gracia. Cabe destacar que la construcción se dio en una estancia, donde había compartido su vida con Stefford.
La construcción duró casi un año, ya que había iniciado el 26 de agosto de 1935 y terminó el 30 de agosto de 1936. Con la participación de un centenar de obreros, la construcción llegó a los 85 metros de altura y 15 de cimentación. Ahí adentro también está una cripta de seis metros de profundidad donde fue colocado el ataúd de Myriam Stefford recubierto por una reja de acero, y supuestamente, sus joyas, como un diamante llamado Cruz del Sur de 45 quilates.
Según trascendió, tanto el cuerpo como su tesoro están protegidos por un dispositivo de explosivos para aquel que quiera usurparlo. No solo eso, sino que en una lápida de mármol se advertía: “Maldito sea el que profane esta tumba”. Con 444 escalones y una lápida escrita, en el mausoleo se lee “viajero, rinde homenaje con tu silencio a la mujer que, en su audacia, quiso llegar hasta las águilas”.
Mucha gente a lo largo de los días suele pasar por esta enorme estructura a la que pocos comprenden el trasfondo que tiene detrás. Aun hoy, no se esclarecieron las versiones sobre un posible saboteo al avión, pero y a pesar de ello, este episodio en la historia contiene un misticismo pocas veces replicable y muestra el dolor, amor, pasión y tragedia en un completo estado de desnudez.
Fuente: Radio Mitre







