Durante la adolescencia hacer amigos parecía ocurrir casi sin esfuerzo. Bastaba compartir un aula, un club o una actividad para que las conversaciones se volvieran cotidianas y, con el tiempo, aparecieran vínculos profundos. Este fin de semana, muchas de esas amistades volverán a reunirse para celebrar el Día del Amigo, que se conmemoró el pasado 20 de julio. Pero, entre los reencuentros y los brindis, también aparece una pregunta que atraviesa a muchos de esos adultos que alguna vez fueron adolescentes: ¿por qué hacer nuevos amigos parece cada vez más difícil?
En la adultez, el escenario cambia por completo. Las jornadas laborales, la crianza, las responsabilidades familiares y la falta de tiempo libre hacen que conocer personas nuevas resulte más complejo y, sobre todo, que sostener esos encuentros en el tiempo sea un verdadero desafío.
La sensación no es solo una percepción compartida. Una investigación del profesor Jeffrey Hall, de la Universidad de Kansas, concluyó que una amistad necesita alrededor de 200 horas de tiempo compartido para convertirse en un vínculo cercano. El estudio también mostró que las relaciones más profundas se construyen a partir de encuentros frecuentes y de calidad, algo que suele escasear a medida que aumentan las responsabilidades de la vida adulta.
Sin embargo, el problema no se explica únicamente por la falta de tiempo. Los especialistas sostienen que después de los 30 también cambian la manera de vincularse, las expectativas y la disposición para abrirse a los demás.
Cuando la adultez transforma las amistades
“No siempre es más difícil hacer amigos, pero las amistades cambian a medida que nosotros también cambiamos“, explica la licenciada Marisol Hernando (MP 61.974), admisora general de Red Psico Espacios.
Durante la adolescencia, señala la psicóloga, el grupo de pares ocupa un lugar central en la construcción de la identidad. En cambio, en la adultez esa identidad suele estar mucho más consolidada y las amistades pasan a cumplir otra función.
«Ya no necesitamos al otro para definir quiénes somos, sino para compartir, enriquecernos y acompañarnos mutuamente“, sostiene.
A esa transformación se suma un cambio concreto en la rutina. Mientras que en la juventud la escuela, la universidad o los primeros trabajos generan encuentros cotidianos casi de manera natural, después de los 30 esos espacios desaparecen o pierden intensidad.

Desde una perspectiva cognitivo-conductual, la licenciada Melina Denise Luna (MP 63.708) explica que, a partir de esa etapa, construir amistades requiere una decisión mucho más consciente.
“En la juventud los contextos producen los vínculos. En la adultez, en cambio, las personas tienen que crear y sostener redes desde la iniciativa personal y la intencionalidad“, afirma.
Para la especialista, el tiempo es solo una parte de la explicación. También influyen los grupos sociales ya consolidados, una mayor selectividad para elegir con quién relacionarse y las experiencias previas que vuelven a muchas personas más cautelosas frente a nuevos vínculos.
La amistad también necesita tiempo y vulnerabilidad
Aunque las responsabilidades ocupen gran parte de la vida cotidiana, ambas especialistas coinciden en que las amistades siguen siendo fundamentales para la salud mental.
“Las amistades adultas suelen sostenerse de otra manera. No dependen de verse todos los días, sino de la confianza, la reciprocidad y la posibilidad de estar presentes cuando el otro lo necesita”, señala Hernando.
Sin embargo, construir esa confianza puede llevar más tiempo que en otras etapas de la vida. “La vulnerabilidad es la base necesaria para desarrollar intimidad en un vínculo. Sin ella, las relaciones permanecen en un plano superficial“, expresa Luna.
Con los años, agrega, muchas personas desarrollan mecanismos de protección a partir de experiencias previas de rechazo, decepción o pérdida. A eso se suma una fuerte presión social por mostrarse exitoso, estable y autosuficiente, lo que muchas veces dificulta expresar emociones o pedir apoyo.
“Mostrar vulnerabilidad puede generar vergüenza y hacer que las personas eviten abrirse emocionalmente, justamente aquello que permite construir vínculos auténticos”, dice. Para Hernando, la vulnerabilidad cambia con la edad, pero no desaparece. “En la adultez ya no gira alrededor de pertenecer a un grupo, sino de la capacidad de confiar en otro y permitirnos ser acompañados“.
Por qué las amistades siguen siendo indispensables
En una etapa de la vida en la que el trabajo, la pareja, los hijos y las obligaciones parecen ocuparlo todo, las amistades suelen quedar relegadas. No porque dejen de ser importantes, sino porque siempre aparece algo más urgente.
El problema es que, cuando los encuentros se postergan una y otra vez, también empieza a perderse un espacio que muchas veces funciona como refugio emocional.
Según Marisol Hernando, las amistades siguen siendo una necesidad emocional en cualquier momento de la vida. “No es lo mismo estar solo que sentirse solo. Lo que genera mayor malestar suele ser la sensación de no contar con alguien con quien compartir tanto las dificultades como los momentos de alegría y disfrute“, define.

Melina Luna coincide y remarca que no hace falta tener un grupo enorme para sentirse acompañado. “Lo verdaderamente importante no es la cantidad de amigos, sino contar con uno o dos vínculos donde podamos mostrarnos tal como somos, sin necesidad de sostener una imagen de perfección”.
Quizás por eso las amistades que nacen después de los 30 tienen otra lógica. Ya no se construyen por compartir todos los días un aula o una rutina, sino porque dos personas eligen hacerse un lugar en medio de agendas cada vez más cargadas.
Requieren iniciativa, tiempo y cierta decisión de sostener el vínculo incluso cuando la vida parece no dejar espacio. No son amistades más fáciles ni más difíciles que las de la juventud. Simplemente nacen de otra manera. Y, muchas veces, porque fueron elegida,
Fuente: TN



