POR ALEJANDRO SOSA | El contundente 40% obtenido por La Libertad Avanza en la última contienda electoral no puede leerse solo como un respaldo al plan económico de shock. Es, ante todo, una medida de la furia acumulada. Y la pregunta que la sociedad argentina debe plantearse con crudeza es: ¿cuánto está dispuesto a soportar el pueblo por el simple, visceral y duradero motor del antiperonismo?
La derrota de Fuerza Patria con un escaso 24% y el triunfo de un proyecto de ultraliberalismo que exige el mayor ajuste de la historia reciente, demuestran que el factor determinante del voto no fue la esperanza en la prosperidad inmediata, sino el odio al pasado y al adversario.
Hay una porción significativa de la sociedad que ha internalizado la idea de que el «peronismo» —entendido como la suma de intervencionismo, gasto público y corrupción— es la raíz de todos los males. Para este sector, la derrota del adversario político vale más que cualquier sacrificio personal en el presente. Es una suerte de cheque en blanco moral: si el ajuste lo aplica un «no peronista» para «destruir la casta», la recesión, la pérdida salarial y la incertidumbre se transforman en una penitencia necesaria, incluso en un acto patriótico.
Este fenómeno no es nuevo. El antiperonismo ha sido, desde 1955, un motor político tan poderoso como el propio peronismo, capaz de articular alianzas dispares y justificar golpes de Estado o planes de estabilización draconianos. Lo novedoso en la era de La Libertad Avanza es la aceptación explícita del dolor.
Los votantes han elegido a un gobierno que no prometió un horizonte fácil, sino una «terapia de shock». El mismo 40% que votó por el oficialismo está sintiendo en sus bolsillos los efectos del ajuste. La paradoja es evidente: la gente está dispuesta a pagar el precio de la recesión, no por un ideal económico puro, sino por el placer político de ver desmantelado el andamiaje del rival.
Aquí reside el verdadero peligro: cuando la política se reduce a un antagonismo afectivo, la racionalidad desaparece. El antiperonismo se convierte en un fin en sí mismo, y no en un medio para alcanzar el bienestar. Se sacrifica el presente en el altar de la bronca.
La cuestión ya no es si el peronismo hizo las cosas mal, sino hasta dónde la sociedad está dispuesta a empobrecerse, o a ver erosionados sus derechos y conquistas históricas, solo para evitar que «vuelvan» quienes no han podido ser desterrados del todo en setenta años de historia. El costo del sacrificio antiperonista puede ser demasiado alto para una nación que, en lugar de mirar hacia adelante con nuevos consensos, sigue anclada en la dinámica de la venganza electoral.
El resultado de este experimento de dolor consentido solo se sabrá cuando la bronca se agote. Y si el antiperonismo deja un desierto a su paso, el costo social será incalculable.



