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jueves 1, de diciembre , 2022

Nuestra particular relación con la ley

La relación que los argentinos tenemos con la regulación de nuestras conductas es bastante particular. Más allá de honrosas excepciones, una parte mayoritaria de nuestra sociedad pretende que las leyes sean puestas en práctica con todo su rigor –y que cada vez haya más leyes- pero con la interesada excepción de los casos propios. Esto es, se defiende la aplicación de la norma siempre y cuando el afectado no sea el mismo que originalmente pretende su ejercicio.
Esta actitud, peligrosamente extendida, es perniciosa para la perseguida evolución social ya que deja de lado la lógica e imprescindible igualdad ante la ley. Sin esta condición, harto complicado resulta que los integrantes de una sociedad se pongan de acuerdo en el contrato tácito que deben suscribir para que dicha comunidad evolucione positivamente. Y es que la falta de seguridad y previsibilidad jurídica es una herida mortal para cualquier intento de crecimiento social.
Casi todos los argentinos reconocemos que vivimos en un país donde la desorganización es moneda corriente. Este fenómeno es cultural y se ha ido fraguando en consonancia con los vaivenes históricos de nuestra nación. Estamos tan acostumbrados a ello que ya hemos aceptado que “así se vive” y cuando alguna norma viene a regular los desaguisados que protagonizamos o que nos obligan a protagonizar, la respuesta suele ser la oposición a la misma, sobre todo cuando ella nos afecta.
No es que los argentinos no cumplamos ninguna ley, pero está claro que tenemos actitudes que perjudican a los demás, que buscamos ventajas donde no debería haberlas y que el “todo vale” se ha tornado habitual. No hay que ir muy lejos para observar aplicada esta idea: desde simples inconductas comunitarias como las faltas viales o el tirar nuestra basura en lugares donde no está permitido hasta incumplimientos graves con la ley penal, la mayoría de nosotros aporta a la anarquía y, lo que es más llamativo, todos creemos tener una excusa para ese actuar. En ese contexto, que nada tiene que ver con la idea de comunidad, la intención de convertirnos en un país serio no es más que una utopía.

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