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Números que matan relato y ¿una elección definitoria?

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Durante mucho tiempo, el Gobierno de Milei encontró en algunos indicadores financieros el principal respaldo de su discurso económico. La desaceleración de la inflación, el orden fiscal y la relativa estabilidad cambiaria fueron presentados como pruebas de que el rumbo elegido no solamente era correcto, sino que comenzaba a dar resultados irreversibles.
Sin embargo, los números también tienen la costumbre de desmentir los relatos cuando dejan de acompañarlos.
Este lunes, el riesgo país volvió a superar los 800 puntos y cerró en 805 unidades. El dólar mayorista alcanzó un nuevo récord nominal y las acciones argentinas registraron fuertes retrocesos. No se trata de un derrumbe ni de una sentencia definitiva sobre el programa económico, pero sí de señales que merecen atención. Sobre todo porque empiezan a mostrar una distancia entre la tranquilidad que transmite el discurso oficial y las dudas que expresa una parte del mercado.
La explicación inmediata apunta a dos acontecimientos internacionales. Por un lado, la victoria de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil, que alteró las expectativas de los inversores y provocó movimientos bruscos en los activos del principal socio comercial argentino. Por otro, las elecciones legislativas de medio término en Estados Unidos, que este martes pueden modificar el equilibrio político de Donald Trump.
Pero sería demasiado sencillo explicar las dificultades argentinas mirando solamente hacia afuera.
La economía nacional tiene sus propios problemas. La recuperación no llega con la misma intensidad a todos los sectores, el consumo continúa condicionado por los ingresos, la actividad productiva enfrenta dificultades y la confianza de los inversores sigue dependiendo de que el Gobierno pueda demostrar que el esquema económico es sostenible más allá de los anuncios y las expectativas.
El riesgo país no es un número abstracto. Es una señal sobre cuánto le cuesta a la Argentina financiarse y sobre la confianza que despierta su capacidad de cumplir sus compromisos. Y cuando vuelve a superar los 800 puntos, después de tantos anuncios sobre la normalización económica, la pregunta resulta inevitable: ¿por qué los mercados todavía no terminan de confiar?
Hay, además, una cuestión política que merece observarse con atención. Milei construyó buena parte de su estrategia internacional alrededor de una relación cuanto menos cuestionable con Donald Trump. El presidente argentino creyó encontrar en la Casa Blanca un aliado político, ideológico y también financiero. Por eso, lo que ocurra este martes en Estados Unidos no será un asunto completamente ajeno a la Argentina.
Las elecciones de medio término no definen la continuidad de Trump en la presidencia, pero sí pueden modificar su capacidad para gobernar. Una derrota contundente de los republicanos, con pérdida del control de una o ambas cámaras del Congreso, lo obligaría a negociar más, limitaría su margen legislativo y abriría una nueva etapa de tensiones dentro de la política estadounidense.
¿Y qué podría pasar con la Argentina?
Si Trump sufriera un revés de esa magnitud, el Gobierno de Milei podría encontrarse con un aliado internacional políticamente debilitado. No significa que Estados Unidos vaya a retirar automáticamente su respaldo ni que la relación bilateral vaya a desaparecer. Pero sí podría cambiar el contexto en el que se construyeron las expectativas de asistencia, cooperación y acompañamiento financiero.
Para un país que todavía necesita recuperar el acceso al crédito internacional, esa diferencia no es menor.
La cuestión de fondo es que una economía no puede descansar indefinidamente en la buena voluntad de sus aliados externos ni en la expectativa de que los mercados acompañarán siempre. Necesita resultados concretos, producción, empleo, inversión y una recuperación que llegue a la vida cotidiana de la sociedad.
El Gobierno suele presentar cada dificultad como una consecuencia del pasado, de la herencia recibida o de factores externos. Pero llegará un momento en que deberá responder por sus propios resultados. Y ese momento se acerca cada vez que los indicadores se alejan de las promesas.

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