Las tormentas que descargaron su furia en la tarde de ayer sobre diversas zonas productivas de San Rafael y el Este provincial no solo dejaron un rastro de daños materiales y cultivos afectados; también reactivaron un debate que parece no tener fin en la provincia: la eficacia del sistema de mitigación por aviones. Con imágenes de piedras de tamaño considerable golpeando fincas en plena producción, la pregunta vuelve a instalarse en la agenda pública: ¿es posible contrarrestar la fuerza de la naturaleza o el sistema actual ha llegado a su límite?
La magnitud de las celdas de tormenta registradas este martes puso a prueba, una vez más, la capacidad de respuesta del sistema. Según los reportes meteorológicos, se trató de formaciones con un desarrollo vertical extraordinario, de esas que la jerga técnica califica como «indomables». En estos escenarios, incluso con el trabajo preventivo de siembra de nubes, la energía liberada por la atmósfera suele superar cualquier intervención humana.
Este fenómeno alimenta la postura de quienes sostienen que la lucha aérea tiene un techo operativo y que, frente a eventos de tal magnitud, el esfuerzo resulta insuficiente. Para este sector, la discusión no debe centrarse en los aviones, sino en la aceleración de créditos para la colocación de malla antigranizo, la única barrera física que garantiza la protección total del fruto.
Expertos coinciden en que el cambio climático está generando tormentas cada vez más erráticas y violentas en el oasis sur, lo que obliga a replantear las estrategias de contingencia. Mientras algunos defienden que sin los aviones el daño sería exponencialmente mayor, otros abogan por un cambio de paradigma hacia un seguro agrícola más robusto que no dependa de la «suerte» meteorológica.
La piedra volvió a caer y, con ella, la certeza de que Mendoza aún no encuentra la fórmula definitiva para blindar su economía regional contra las inclemencias del cielo.




