Estuve tentado de titular Papá Antiguo, pero me di cuenta de la diferencia y prefiero llamarlo «de antes», porque «antiguo» tiene un toque más bien descalificador para este caso. A la pluma siempre bien manejada de Jorge Göttling le debemos una página bella que quisiera reproducir en parte. Aludiendo a su propio padre y con el título sugestivo «Dio raíces y también alas», nos deleita con su recuerdo:
«Era un hombrón con las ternuras disfrazadas y las calideces reprimidas. De un volumen inalcanzable, con la perspectiva que da la niñez, dueño de todos los silencios, de todas las decisiones y de todos los cansancios. Poseía una mirada que obviaba cualquier explicación, un reproche mudo pero explícito. Nos enseñó a diferenciar el rocío de la inundación, ofrecía cumbres y desiertos, insinuaba sutilmente nuestras primeras elecciones. No era plástico, pero, al menos, no fue un padre de plástico. Supo instaurar la ley, el orden de las jerarquías, nos permitió ser completamente hijos. Utilizó el ´no´ y lo sostuvo, desdeñando la comodidad de camuflarse como amigo, modelo implementado, años después, por la raza de los ´viejos-pendex´. No fabricó confusión y nos nutrió de sentimientos, creencias, ideas, abrió la bisagra de la fantasía. A ese padre se lo distinguía hasta en la oscuridad, nos permitía llorar y seguir casando mariposas, comprender que todo caballo, por bueno que sea, necesita a veces espuela. Dio raíces y dio alas. En su inconsciente se movilizó la memoria genética, transmitió la ley y nos dio entrada a la cultura. Los eternos lazos entre el tronco y la rama subsisten aún con solidez. Para nosotros, ya adultos, es el momento de tender un puente al reconocimiento, de abandonar el chupete de sus consejos…».
Muchos de nosotros -adultos o incluso transitando el bello tiempo del otoño de la vida- nos sentimos profundamente identificados con esta descripción. El «papá de antes» no era perfecto, lo sabemos; pero nos ha legado puntos de referencia que todo papá joven debiera tener en cuenta. En definitiva, ser padre es, también, un deber sagrado.
¡Hasta el domingo!







