Pérdidas y derroche, los karmas de la escasez de agua

Un reciente estudio determinó que en nuestra provincia se pierde entre el 30 y 40 por ciento del agua para uso humano por mal estado de las redes e ineficiencia del sistema. Según refiere la muestra, “en el uso domiciliario, entre el mal estado de las redes y una cultura del derroche, utilizamos casi el triple de litros per cápita que utilizan sociedades mucho más desarrolladas y ricas que nosotros”.
Se estima que, al día de hoy, en las plantas potabilizadoras mendocinas se producen por día casi 600 litros de agua potable por persona y el consumo por habitante está por encima de los 300 litros por persona. El resto se pierde en el sistema, tanto en el transporte como en la distribución. Claro, no todo es problema de infraestructura, ya que si se hace una comparación con el consumo por habitante de, por ejemplo, Chile –que promedia los 120 litros–, se ve que en Mendoza consumimos (y derrochamos) casi el triple del líquido elemento.
Evitar el derroche (algo que muchos olvidan –incluso de los que se dicen defensores del agua– cuando dejan una canilla goteando, lavan sus autos o llenan piletas de natación cada pocos días, por caso), optimizar los sistemas de riego, no contaminar el poco líquido con que contamos, y que las empresas y cooperativas que se dedican a su tratamiento y distribución (Aysam a la cabeza, por cantidad de clientes) tengan los recursos y las buenas prácticas suficientes como para hacer frente de manera eficiente esa tarea, eran –y siguen siendo– algunas de las medidas esperables para enfrentar esta situación, que ya es crítica.
Con una sequía que ya está cumpliendo su década de duración, con diques que siguen muy por debajo de su capacidad histórica y con especialistas asegurando que el fenómeno de escasez hídrica llegó –junto con el cambio climático– para quedarse, los mendocinos deberíamos seguir enarbolando las banderas del cuidado del agua, como hemos hecho en otros momentos de nuestra historia.