Pereza

Dígame una cosa: ¿Usted es ergagiomaniático? No se ofenda, no es un insulto. Ergagiomaniáticos son los que tienen deseos morbosos de trabajar… ¿Cómo dice? ¿Qué no es su caso? Bueno, señal de que se parece bastante a la mayoría. Aquella «morbosidad» no es, ni mucho menos, una epidemia… El defecto general suele ser lo contrario. Como el caso del estudiante que adoraba la hidrografía «Me encantan los ríos, solía comentar, porque siguen su curso sin abandonar el lecho».
Alphonse Allais se reía de sí mismo: «Mi holgazanería no me deja tiempo libre para nada». O como dice un pensamiento noruego «Mañana es el día de la semana en que los perezosos tienen más que hacer».
Todo esto nos hace sonreír, desde luego, pero refleja un vicio muy frecuente, que tiene consecuencias graves. «La pereza viaja tan despacio, que la pobreza no tarda en alcanzarla», dijo Franklin parafraseando a Cicerón. Leemos en el libro de los Proverbios: «La mano perezosa empobrece; la mano diligente, enriquece» (Prov. 10,4).
La pereza, efectivamente, es un verdadero vicio, que no sólo afecta a quien lo tiene sino también a su familia. Es bastante común que ella cause problemas familiares serios.
La pereza ataca a personas de toda edad, y cuando ella logra infiltrarse en la conducta de los niños, su futuro puede quedar penosamente comprometido.
En la adolescencia es frecuente que se den períodos de pereza, propios de la edad, frecuentemente acompañados de indolencia. Corresponde a los padres y a los educadores estimular la iniciativa adolescente para que nuestros «niños grandes» tomen gusto por el
trabajo honesto, en cualquiera de sus formas.
Como reflexión final le dejo una estrofa de Martín Fierro: «Pues la miseria en su afán / de perseguir de mil modos, / llama a la puerta de todos / y entra en la del haragán».

¡Hasta el domingo!