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Por una vez no escribió Messi: escribió Lionel, el hijo que acaba de perder a su padre

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Durante más de dos décadas el mundo se acostumbró a mirar a Lionel Messi como algo diferente a un ser humano. El fútbol hizo lo suyo: lo convirtió en ídolo, después en fenómeno, más tarde en leyenda y finalmente en una marca de dimensiones globales. Alrededor suyo se construyó una maquinaria deportiva, mediática y comercial que prácticamente nunca se detiene.

Pero hay momentos en los que todo eso deja de importar. La muerte de su padre expuso a otro Messi o, quizás, al verdadero. Al que existe cuando se apagan las cámaras, cuando no hay una pelota rodando, cuando ninguna camiseta representa nada y cuando las copas, los contratos millonarios y los récords acumulados durante toda una vida resultan absolutamente inútiles.

En el mensaje con el que despidió a su papá no escribió el campeón del mundo. Escribió Lionel, un hijo atravesado por el dolor, y probablemente allí radique la enorme potencia de sus palabras.

El hombre detrás del personaje

A Messi lo analizamos durante años hasta extremos absurdos. Se discutió si cantaba o no el Himno, si sonreía lo suficiente, si hablaba demasiado poco, si caminaba durante los partidos, si debía ser líder de determinada manera o si estaba obligado a ganar algo con la Selección para demostrar aquello que ya había demostrado cientos de veces dentro de una cancha.

Después llegaron las victorias y la maquinaria simplemente cambió el relato. El cuestionado se convirtió definitivamente en prócer. El futbolista al que alguna vez se acusó de no sentir la camiseta pasó a ser presentado como la representación máxima de la argentinidad futbolera. Cambió el juicio, pero no necesariamente cambió el problema: seguimos mirando al personaje antes que a la persona.

La industria necesita a Messi permanentemente disponible. Necesita saber cuándo juega, cuándo gana, cuándo pierde, cuándo se lesiona, cuándo volverá, cuándo se retirará y cuál será el próximo capítulo de una carrera que mueve cantidades extraordinarias de dinero. Pero la muerte tiene una particularidad brutal: iguala. Frente a la pérdida de un padre no existe el mejor futbolista de la historia; existe, sencillamente, un hijo.

Cuando las piernas dejan de importar

Hay algo particularmente movilizante en que buena parte de la despedida esté atravesada por el fútbol, aunque probablemente no podría ser de otra manera. La pelota fue durante décadas parte del idioma entre Lionel y Jorge Messi. Estuvo en Rosario, en aquel niño extraordinariamente pequeño que empezaba a mostrar condiciones diferentes, en el viaje a Barcelona, en las decisiones familiares, en los primeros contratos, en las derrotas, en las críticas y finalmente en las conquistas.

Por eso Messi recuerda partidos, conversaciones y momentos compartidos alrededor del fútbol. Es el lenguaje de una relación construida durante toda una vida, aunque ahora aparece una diferencia enorme: durante más de veinte años las piernas de Messi tuvieron que responder siempre. Si Argentina necesitaba un gol, Messi tenía que aparecer; si Barcelona perdía, Messi tenía que resolverlo; si una final se complicaba, todos buscaban al número 10. Si había dolor, cansancio o presión, había que continuar.

Esa fue también parte de la condena escondida detrás del privilegio de ser Lionel Messi. Hasta que aparece algo que ninguna preparación física, ningún entrenamiento y ninguna capacidad extraordinaria pueden resolver: el dolor de perder a alguien.

La peligrosa necesidad de convertir todo en noticia

Probablemente uno de los aspectos más incómodos de esta historia aparezca ahora, porque la maquinaria difícilmente se detenga. Cada palabra de Messi será examinada, cada referencia al futuro será interpretada, cualquier expresión de cansancio podrá convertirse en un posible retiro y cualquier ausencia generará especulaciones.

Es lo que hace la industria: necesita acontecimientos permanentemente. Pero quizás haya momentos en los que debamos aceptar que detrás de determinadas palabras no existe una decisión deportiva esperando ser descubierta, sino simplemente un hombre haciendo un duelo.

Preguntarse inmediatamente qué significa la muerte de Jorge Messi para la continuidad futbolística de Lionel sería reducir nuevamente al ser humano al producto, como si incluso en uno de los momentos más dolorosos de su existencia estuviese obligado a ofrecernos una definición. Y no lo está.

Todo lo que el dinero no puede comprar

Hay además una enseñanza profundamente humana detrás de esta historia. Lionel Messi consiguió prácticamente todo aquello que alguien podría imaginar: dinero, reconocimiento mundial, campeonatos, récords, Balones de Oro, una Copa América y el trofeo que durante años pareció perseguirlo como una obsesión colectiva, la Copa del Mundo.

Sin embargo, existe una frontera ante la cual todo ese poder desaparece. Ninguna fortuna permite recuperar una conversación pendiente, ninguna copa permite volver atrás para compartir otra tarde con un padre, ningún contrato puede comprar cinco minutos más y ningún estadio repleto alcanza para llenar determinados silencios.

Ahí Messi vuelve a ser simplemente Lionel, y posiblemente sea esa vulnerabilidad la que explique por qué su mensaje impacta de una manera diferente.

El extraterrestre era humano

Durante años una de las palabras más utilizadas para definir a Messi fue «extraterrestre». Lo decíamos para explicar aquello que parecía inexplicable: su capacidad para atravesar defensas, controlar una pelota, anticipar movimientos y hacer rutinarias acciones que para cualquier otro futbolista resultaban extraordinarias.

Lo transformamos tantas veces en alguien de otro planeta que quizás terminamos olvidándonos de algo elemental: Messi siempre fue uno de nosotros, con padres, hijos, afectos, miedos, contradicciones y pérdidas. Y existe una enorme paradoja en que, después de haber pasado más de veinte años emocionando al mundo haciendo cosas que parecían imposibles para un ser humano, ahora vuelva a conmover haciendo algo profundamente humano: extrañar a su papá.

Quizás por eso su despedida tenga una potencia que ninguna campaña publicitaria podría fabricar. No parece escrita para vender una imagen, no necesita construir al héroe ni busca otra fotografía perfecta para la enorme biografía de Lionel Messi. Es simplemente la expresión de alguien intentando acomodar palabras en medio de un dolor que todavía no tiene forma.

Esta vez, que el fútbol espere

Habrá tiempo para saber qué hará Messi, para discutir cuánto jugará, qué competencias disputará, cuándo será su último partido o de qué manera terminará la carrera deportiva más extraordinaria de nuestra época. El fútbol siempre encuentra otra discusión, pero esta vez podría esperar.

Porque detrás del número 10, del campeón mundial, de la figura global y de la gigantesca estructura económica construida alrededor de su apellido hay algo muchísimo más sencillo: un hijo que perdió a su padre.

Durante toda su carrera le exigimos a Messi respuestas. Le exigimos goles, títulos, liderazgo y explicaciones. Incluso llegamos a exigirle que demostrara cuánto quería a su país. Quizás este sea uno de esos pocos momentos en los que no corresponda exigirle absolutamente nada, ni siquiera saber qué viene después.

Porque esta vez no habló el futbolista, habló Lionel. Y mientras Lionel atraviesa uno de los dolores más universales de la condición humana, quizás lo más humano que pueda hacer esa enorme y muchas veces dañina maquinaria que lo rodea sea, simplemente, guardar silencio.

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