Prejuzgar y juzgar

Los términos parecen similares pero, en la práctica, son bien diferentes. El denominado “efecto halo” es un clásico de la psicología y consiste en un sesgo a partir del cual juzgamos como buenas o malas las características de alguien o de una situación en función de la primera impresión o de la poca información que tengamos respecto a ella. De esta forma, nuestros juicios de valor sobre las personas y las situaciones se ven condicionados radicalmente a futuro.
El “efecto halo” nos lleva a percibir características que desconocemos pero que las asociamos con lo poco que sí sabemos. Es un estado en el que se generan presuposiciones generales en base a conocimientos mínimos o parciales.
Las personas emitimos continuamente juicios de valor, a veces sin la mala intención de prejuzgar, pero lo hacemos. Esto tiene un sentido evolutivo, ya que así anticipábamos posibles agresiones o daños y podíamos huir y ponernos a salvo. Lo cierto es que, en el mundo moderno, la mayoría de esos prejuicios no nos protegen de nada sino que son simples pre-opiniones frutos del aprendizaje de lo que hemos vivido en nuestra familia, con nuestros amigos, de la escala de valores que manejamos y de lo que promueven los medios de comunicación, entre otras aristas. Con ello condicionamos nuestras relaciones personales y las oportunidades que creamos y damos en la vida.
Los delitos que se producen en una comunidad suelen disparar las más diversas teorías, hipótesis y, en definitiva, prejuicios por parte de sus integrantes. Los sanrafaelinos lo hemos visto y lo vemos con casos penales graves que han conmovido a nuestra sociedad y que, en consecuencia, han deparado “opiniones públicas” que algunas veces han coincidido con los pronunciamientos finales que ha brindado el Poder Judicial tras los juicios formales y otras veces no.
Prejuicio y juicio no son lo mismo. Será esta una diferencia sustancial a tener en cuenta y respetar ahora que los juicios por jurados ciudadanos comienzan a practicarse en nuestra comunidad.