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Que el Mundial no nos anestesie

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La pasión por el fútbol es, quizás, uno de los pocos hilos invisibles que todavía logra unir a una sociedad profundamente fragmentada como la argentina. Cuando la pelota rueda en una cita mundialista, el país parece ingresar en un paréntesis colectivo, un estado de gracia donde las diferencias se licúan y el festejo compartido se vuelve una necesidad imperiosa de escape. Para la inmensa mayoría de los argentinos, el fútbol no es un mero entretenimiento; es un refugio emocional, una liturgia que oxigena el alma en tiempos complejos. Sin embargo, el riesgo latente de cada fase final de la Copa del Mundo es que el brillo de los estadios y la euforia de las tribunas actúen como un anestésico social, un velo que opaque las urgencias estructurales que nos golpean día a día apenas se apagan las pantallas.

La fascinación por el juego es legítima, pero no puede transformarse en amnesia colectiva. Detrás de la algarabía de los goles y del legítimo goce popular, la geografía nacional sigue crujiendo bajo el peso de realidades dramáticas. Los índices de pobreza no se detienen frente al fixture, la inflación persistente sigue erosionando el poder adquisitivo de los asalariados a cada hora, y la pérdida de la capacidad de consumo transforma la subsistencia diaria en una carrera de obstáculos. Mientras la atención pública se concentra en el rendimiento de un equipo, el entramado productivo del interior padece una crisis fenomenal: las pequeñas y medianas empresas —verdadero motor del empleo local— enfrentan una asfixia financiera histórica, las persianas de las fábricas cerradas dejan postales de desolación, y la falta de inversión en obra pública paraliza el desarrollo de infraestructura básica y frena la conectividad de las regiones.

Esta disociación entre el espectáculo y el territorio se percibe con especial agudeza en comunidades como la nuestra. En los departamentos alejados de los grandes centros de decisión, el impacto de las variables macroeconómicas no es una estadística abstracta, sino una vivencia concreta que afecta al comercio, al agro y a las familias trabajadoras. No se puede permitir que el debate público pase a un segundo plano mientras los casos de corrupción institucionalizados degradan la confianza en el sistema y la violencia más extrema sigue cobrándose vidas en una preocupante sucesión de femicidios que exigen respuestas judiciales y estatales inmediatas. Gozar del fútbol y alentar con el corazón no nos exime de la responsabilidad cívica de mantener la mirada fija en los problemas de fondo. La madurez de un pueblo se mide en su capacidad para celebrar sus pasiones sin perder la perspectiva crítica sobre su propio destino. El Mundial terminará, la espuma del festejo -si nos toca, en el mejor de los casos- bajará inevitablemente y las luces del estadio se apagarán; lo que quedará al día siguiente es la misma realidad que dejamos en suspenso. Exigir soluciones para la crisis, defender el empleo y mantener viva la memoria sobre las deudas sociales pendientes es el verdadero partido que la sociedad argentina no puede permitirse perder.

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