Lunes 28 de Septiembre, 2026
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La historia socioeconómica de Mendoza siempre se construyó sobre un orgullo implícito: la convicción de constituir el motor productivo de Cuyo, la provincia que marcaba la pauta de desarrollo, infraestructura y diversificación en la región. Sin embargo, las frías cifras que acaba de publicar el INDEC sobre el primer semestre del año obligan a confrontar un quiebre estructural. Con un 36,9% de personas bajo la línea de pobreza en el Gran Mendoza, la provincia no solo superó la media nacional (32,3%), sino que se transformó en el aglomerado urbano con mayor nivel de pobreza de todo Cuyo.
Este deterioro no es un hecho aislado ni una mera fluctuación estadística; es el síntoma visible de un tejido productivo y comercial que atraviesa una asfixia prolongada. El impacto de este escenario repercute directamente en la economía cotidiana de San Rafael. Basta recorrer las arterias comerciales del departamento para constatar el repliegue del consumo masivo, reflejado en persianas bajas, locales desocupados y comercios tradicionales haciendo malabares para sostener el empleo frente a costos fijos imponentes y ventas en caída.
A este complejo panorama comercial se le suma la incertidumbre que golpea al corazón de la producción primaria. El desmantelamiento de herramientas históricas de contención agrícola, como el sistema de lucha antigranizo y las modificaciones en los esquemas del seguro agrícola, dejó a los productores locales expuestos a las inclemencias climáticas en un contexto de vulnerabilidad financiera extrema. Sin una red de protección previsible para la viabilidad de las fincas, el circuito económico sureño pierde uno de sus motores históricos de tracción ya que la industria -golpeada fatalmente en todo el país- vive aquí momentos muy parecidos a la muerte.
El escenario político actual encuentra una coincidencia discursiva entre la administración nacional y la gestión provincial: la premisa de que un ajuste severo y un esfuerzo extraordinario resultaban imprescindibles para estabilizar las variables macroeconómicas. Sin embargo, al transcurrir el tercer año de esos mandatos, la ciudadanía percibe que el esfuerzo exigido ha sido real y tangible en los bolsillos, mientras que la recomposición de los niveles de vida continúa sin materializarse.

De cara al próximo año, el calendario electoral situará a los ciudadanos —nacionales, provinciales y departamentales— ante una instancia decisiva. No se tratará únicamente de renovar bancas o definir liderazgos ejecutivos, sino de evaluar el rumbo concreto del modelo socioeconómico nacional, provincial y departamental. Para San Rafael y para el conjunto de la provincia, la contienda electoral del año entrante representará la necesidad de definir si las políticas aplicadas hasta el momento ofrecen una perspectiva real de desarrollo o si, por el contrario, imponen una revisión profunda para evitar la consolidación de un esquema que posterga las capacidades productivas de la región y deja afuera a demasiados compatriotas y comprovincianos.

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