Recaudación en picada: la asfixia de muchos departamentos

La noticia de que un número creciente de municipios mendocinos ha comenzado a desfilar por los pasillos de la Casa de Gobierno para solicitar adelantos de fondos no es más que el síntoma visible de una enfermedad profunda: la asfixia financiera del territorio.

La caída estrepitosa de la recaudación —tanto nacional como provincial— ha puesto a varios intendentes contra las cuerdas, obligándolos a hipotecar sus ingresos futuros para poder cumplir con algo tan básico y elemental como el pago de salarios.

A mediados de enero se publicaron en el Boletín Oficial dos decretos que dieron cuenta de pedidos por parte de General Alvear y Malargüe. La lista se amplió a fines de febrero cuando el Ministerio de Hacienda otorgó a Las Heras un adelanto de coparticipación por $1.500 millones. En el caso de General Alvear, la comuna que gobierna Alejandro Molero solicitó $400 millones, mientras que Malargüe, bajo la gestión de Celso Jaque, pidió $300 millones.

Este escenario de auxilio permanente revela la fragilidad de un sistema que, bajo el dogma del ajuste inflexible, ha dejado a las comunas como la primera trinchera de una crisis que no eligieron pero que deben gestionar. Sin embargo, en este mapa de urgencias y manos extendidas hacia el Ministerio de Hacienda, resalta un dato que no debe pasar inadvertido para el lector local: San Rafael no figura en la lista de los municipios que han tenido que recurrir a este salvavidas financiero.

Desde el municipio se asegura que esto es el resultado de una administración que, a contramano de la improvisación reinante, ha mantenido una conducta de previsibilidad y ahorro en tiempos de vacas gordas para no sucumbir en los de vacas flacas. Mientras otros departamentos ven cómo la autonomía municipal se convierte en una ficción supeditada al humor del gobernador de turno, San Rafael mantiene en los hechos su capacidad de maniobra propia, garantizando no solo los sueldos, sino también la continuidad de la obra pública con recursos genuinos.

No obstante, esta «salud financiera» no debe ser leída como un cheque en blanco para el optimismo desmedido. El contexto es hostil. La caída de la coparticipación afecta a todos por igual y el encarecimiento de los insumos básicos pone a prueba cualquier presupuesto, por más ordenado que esté. La pregunta que flota en el aire es cuánto tiempo podrá sostenerse este equilibrio si la recesión sigue profundizándose.