Reforma laboral: la madre de todas las batallas

El enfrentamiento del Gobierno nacional con algunos representantes del gremialismo ha subido de tono en los últimos días. De hecho, la semana pasada el presidente Macri no dudó en afirmar que el camionero Hugo Moyano “deja mucha gente sin trabajo con las cosas que cobra por derecha y por izquierda”, ni en calificar al bancario Sergio Palazzo de “prepotente” y al aeronáutico Pablo Biró de “sinvergüenza”.
Muchos analistas estiman que en esta avanzada discursiva anida la posibilidad de encarar –el año próximo y si es reelecto– la reforma laboral de la que tanto se ha hablado en los tres años y medio del primer mandato de Macri, pero que hasta ahora no pudo concretar.
El mes pasado, el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, anunció en Nueva York que, de ganar las elecciones, el oficialismo aprobará la nueva normativa. La semana pasada, por su parte, uno de los empresarios que se ha mostrado más cercano a la administración macrista, el cafetero Martín Cabrales, dijo sin tapujos “queremos que sea más fácil despedir y contratar gente”.
La idea reformista se asienta en la necesidad de “abaratar costos empresariales” para retomar la senda productiva. Claro, el temor de los trabajadores es que las variables a ajustar sean sus ingresos y/o una flexibilización de las normas que atente contra la estabilidad en el empleo que hoy es reconocida –después de décadas de lucha– por el derecho laboral.
Estimular la producción, crear puestos de trabajo genuinos con salarios dignos, dinamizar el mercado interno y establecer relaciones equitativas con el resto del mundo son objetivos en los que todos coincidimos. Sin embargo, el derrumbe del mercado interno, los costos impositivos, tarifarios y financieros que han llevado al quebranto de miles y miles de pymes en los últimos años no parecen ser una consecuencia de lo que perciben como emolumentos los trabajadores. De hecho, el 70% de los asalariados argentinos percibe por su actividad principal menos que el valor de la Canasta Básica Total y, por lo tanto, es pobre. Cambiar esa realidad debería ser la lucha a protagonizar, en conjunto, por gobernantes y gremialistas.