Remar, pensar, evolucionar

Para el filósofo Darío Sztajnszrajber, “postular que la democracia representa la naturaleza esencial de los vínculos humanos es contradecir la idea de una democracia como ejercicio de reinvención permanente como demolición de todo dogma. Por ejemplo, la distinción taxativa entre un bien que combate al mal, cuando el mismo bien necesita de ese mal para seguir afirmándose en la distinción. Lo peor que le puede suceder al bien es vencer definitivamente: el mal es necesario porque los buenos somos siempre nosotros, y los malos los otros”.
En esta misma inteligencia pareciera ir la invocación dirigencial a todos (“somos todos argentinos”, “la patria somos todos”, “lo que todos queremos”, etcétera). Dichas expresiones resultan casi siempre autoritarias ya que eliminan la diversidad, someten las necesidades de unos al poder numérico de otros, no contemplan situaciones particulares y específicas, y permiten que se licúen las responsabilidades, permitiéndoles a los responsables mimetizarse en esa masa difusa con quienes no lo son.
Sin prisa y sin pausa, con otros modales y una presunta superioridad moral, algo así empieza a aparecer también hoy con la premisa recientemente postulada de “remar todos juntos”.
Ese llamado a “remar todos juntos” (no importa con quién ni hacia dónde) suena como una convocatoria a rescatar de sus propios errores a quienes los cometieron sin estar forzados, por liviandad, por ejercicio de soberbia y/o por optimismo banal.
Daniel Kahneman, psicólogo cognitivo primer no economista ganador del Premio Nobel de esta especialidad en 2002 y autor de “Pensar rápido, pensar despacio”, dice que no se ayuda a nadie rescatándolo de sus propios errores. Ese “rescate” impide el aprendizaje y anula la responsabilidad.
Esto es una crisis profunda y no una tormenta. Y es, además, una oportunidad para pensar. Tiempo atrás, el filósofo esloveno Slavoj Zizek aseguraba: “La primera tarea de pensar no es solucionar problemas, sino formularlos correctamente”. Y pensar no es remar.