Rugby

Comienzo confesando que el rugby nunca me gustó. Siempre me pareció violento, exageradamente duro. Mi preferencia fue siempre jugar al fútbol. Porque sí. Porque me gustaba. Tanto que lo jugué hasta mi medio siglo de vida. Un día tuve que dejarlo porque, jugando con veinteañeros, padecía un estiramiento de ligamentos que me costó tres semanas de yeso. O sea que, también el fútbol tiene su cuota de violencia. A pesar de todo, pienso que el rugby es todavía más violento. De vez en cuando nos enteramos de algún muchacho que termina en silla de ruedas, a causa de una lesión medular. Esto impacta. Tal vez más de lo que debiera, dado que otros deportes, como la equitación, también producen accidentes parecidos. Más de lo que debiera, digo, porque cuando excepcionalmente algún rugbier está implicado en un hecho delictivo usando la violencia, hay mucha gente dispuesta a razonar: es consecuencia de la agresión que se aprende en el rugby. Como si el deporte mismo lo predispusiera a la actitud violenta.
Creo que es tiempo de aclarar las cosas. Una es que no nos guste y otra es extrapolar hacia ese deporte específico sólo cuanto aparezca negativo. ¿Y lo positivo? Recojo una reflexión de Francisco Fielder, quien, desde su amor por el rugby, nos ayuda a mirar lo mismo con otros ojos: «Tengo la suerte de jugar al rugby desde los 5 años. Mi club es mi segunda casa. Ahí no sólo conocí a mis amigos, sino que también me instruí en un deporte que me dio muchas herramientas para encarar mi vida. El rugby es un deporte de contacto pero eso no lo convierte necesariamente en un deporte violento y a la gente que lo practica tampoco. El rugby me enseñó la importancia del trabajo en equipo. Me enseñó respeto para mis compañeros, con el contrario y con el referí. Me enseñó a ser honesto. Gracias al rugby aprendí a esforzarme y dar todo de mí mismo, a perseverar y superarme en todo momento… el rugby educa, enseña, instruye».
Y ni hablemos del tercer tiempo. Es toda una institución. Hasta quienes no nos gusta el rugby debemos reconocerlo. Nobleza obliga.

¡Hasta el domingo!