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jueves 1, de diciembre , 2022

Se enamoraron, pero él dejó de llamarla de un día para el otro; 30 años después ella conoció el terrible motivo

En Un romance para recordar (1957), Deborah Kerr y Cary Grant se enamoran en un transatlántico, pero como los dos están comprometidos, quedan en encontrarse en el Empire State seis meses después, cuando cada uno resuelva su situación. Aunque ese día él la espera hasta la medianoche, ella falta a la cita, y él se convence de que es porque cambió de idea. Lo que pasa después, la convierte en una de las historias más románticas que haya contado el cine. Tanto que se reescribió muchas veces, de miles de maneras. La historia de Elvira y Enrique podría ser una remake de esa película, aunque el camino al reencuentro les llevó más tiempo y también más lágrimas. Demasiadas.

Era 1989 y Elvira tenía 22 años. Estudiaba para ser maestra y vivía en casa de sus padres en un pueblo chico de la provincia de San Juan. No había mucha diversión, dice ahora a Infobae, así que los primeros sábados de cada mes tenía asistencia perfecta en el baile que organizaban en el club los alumnos de la secundaria local para reunir el dinero de su viaje de egresados. La fiesta se había vuelto popular y atraía a jóvenes de todos los pueblos vecinos.

Elvira mide 1,72 y siempre tuvo complejo por ser muy alta; no le gustaba bailar con chicos de su misma altura ni más bajos que ella, porque resaltaba la diferencia de su cuerpo largo por sobre el resto. De Enrique le llamó la atención primero eso: era altísimo. “Hay uno para mí”, se dijo. Era una noche de lluvia y lo vio acercarse de lejos con otros dos amigos. La miró decidido y la sacó a bailar, aunque era tímido. Le pareció guapísimo.

Mientras bailaban lento y abrazados, él le contó su vida: tenía 24 años, era de un pueblo cercano, y trabajaba en una fábrica de conservas muy importante en la zona. Era un buen chico y enseguida se sintieron a gusto juntos. En los tres meses que siguieron, volvieron a encontrarse en cada fiesta. Cada vez, él volvía a buscarla para bailar apretado hasta que terminaba la música. La última, le preguntó si podía volver a verla, tal vez salir a tomar algo, y le prestó el último cassette de Phil Collins para que ella lo grabara y se lo devolviera pronto. Quedaron en encontrarse esa misma semana en la casa de ella para tomar unos mates. La relación avanzaba.

Enrique y Elvira se conocieron bailando en su club cuando eran jóvenes y se enamoraron (Crédito: pexels)Enrique y Elvira se conocieron bailando en su club cuando eran jóvenes y se enamoraron (Crédito: pexels)

Enrique le dijo que iba a llegar a las 8 de la noche, cuando saliera de la fábrica. Pero llegado el día, se hizo la hora de la cita y aunque Elvira estaba lista e ilusionada, él no se presentó a tiempo. A las 9, ella se convenció mentalmente de que el candidato no iría. Pero una hora después, golpeó la puerta. Enrique le contó que había trabajado desde las 6 de la mañana y que, cuando terminó el turno, el jefe le pidió que se quedara porque su reemplazo tenía un parte médico. Recién había podido salir de la fábrica a las 9.30. Quería verla como fuera, así que ignoró el cansancio para poder visitarla.

La cita se hizo corta: a las 11 en punto, la madre de Elvira dijo “no son horas de visitas”, y Enrique tuvo que irse. Se despidieron con mariposas en la panza y la promesa de que volvería. “Pero no apareció nunca más”, dice Elvira. Tampoco volvió a encontrarlo en el baile de los sábados.

Por un tiempo se preguntó qué le habría pasado. Elvira sabía sólo su sobrenombre –Quique–, pero no dónde vivía. Tenía el dato de la fábrica, pero tampoco iba a ir a buscarlo ahí: “Si vino y conversamos, y después desapareció, debe ser porque no le gusté tanto”, pensó.

Varios meses más tarde, comenzó sus prácticas como maestra de escuela en el mismo pueblo en el que vivía Enrique, sin saber que era muy cerca de su casa. Habían pasado dos años y estaba por recibirse, cuando al salir del colegio con su guardapolvo blanco, le pareció verlo pasar en una moto. El chico dio una vuelta a la manzana y pasó otra vez por la puerta. No había dudas, era Quique. “Pero no se paró, ni me saludó, ni nada –cuenta ella ahora–. Me miró y se fue”. Nunca más volvieron a verse.

Él le dejó un cassette de Phil Collins para que ella lo grabara. Luego de verse en casa de Elvira, Enrique desapareció (Crédito: pexels)Él le dejó un cassette de Phil Collins para que ella lo grabara. Luego de verse en casa de Elvira, Enrique desapareció (Crédito: pexels)

Al tiempo, Elvira conoció a un buen hombre con el que se puso de novia. Se casaron y tuvieron tres hijos: dos mujeres y un varón, el más chiquito. Ella trabajaba como maestra de séptimo grado en el colegio del pueblo y criaba a los chicos. Nunca más pensó en Enrique, ni por casualidad. Menos cuando la vida la golpeó de la peor manera. En un accidente en la ruta con el auto en el que viajaba toda la familia, su hijito de ocho años que acababa de sacarse el cinturón de seguridad, salió despedido. Murió en el acto.

Era 2013 y Elvira entró en una depresión tan profunda que el psiquiatra le prohibió volver a dar clases: “Lo vas a ver en la cara de cada chico, y vas a hacer un retroceso”, le dijo. Le dieron un retiro transitorio por enfermedad. La poca energía que tenía, la concentró en sacar adelante a sus dos hijas que también eran chiquitas y cargaban con el trauma de haber perdido a su hermano. Pero su matrimonio no resistió tanto dolor. Aunque siguieron viviendo juntos por la familia y por las chicas, se separaron en 2017.

Cuando Elvira empezó a sentirse un poco mejor, se anotó en las actividades de un centro de jubilados cercano, para hacer algo que la distrajera por lo menos por un rato de su drama cotidiano. Tenía menos de 50 años, pero técnicamente era una jubilada. Con ese grupo de mujeres mucho mayores que ella se sintió contenida y acompañada. Por primera vez en años podía poner la cabeza en otras cosas y hasta reírse de pavadas. Logró hacerse amigas íntimas; sobre todo, un grupo de cuatro que se convirtieron en sus confidentes y su apoyo.

A fines de 2020, cuando las restricciones por la pandemia comenzaron a flexibilizarse, la nieta de una de ellas festejó sus quince años. Elvira y sus otras amigas fueron sus invitadas especiales. En la fiesta se sacaron muchas fotos “haciendo tonterías de viejas”, y la que hacía de fotógrafa se las mandó en el momento a una vecina. La vecina estaba en su casa con un primo y le mostró las fotos que le habían llegado sin saber que en ese gesto tan simple estaba abriendo una puerta al pasado. Y a un futuro todavía impensable.

Elvira se casó y tuvo tres hijos. El menor murió a los 8 años en un accidente de tránsito. Para ella fue devastador (Crédito: pexels)Elvira se casó y tuvo tres hijos. El menor murió a los 8 años en un accidente de tránsito. Para ella fue devastador (Crédito: pexels)

“¿Cómo se llama ella?”, dijo el hombre señalando a Elvira en una de las fotos. “Elvira”, dijo la señora. “¿Vive en el pueblo?”, preguntó él con los ojos más abiertos. “Sí”, respondió la mujer. “Yo la conozco”, dijo entonces. El hombre era Enrique y estaba impresionado; aunque habían pasado treinta años, Elvira estaba tan linda como la recordaba: flaca, alta y, gracias al clima de la fiesta, con la sonrisa de siempre. Quiso saber cuál era su situación. Pidió datos, un teléfono. Muchas veces la había buscado por Facebook sin demasiada suerte. Le había escrito un mensaje en el muro cuando supo lo de su hijo, pero Elvira nunca había respondido. “Yo estaba en mi propio mundo, ni siquiera entraba a ver lo que ponía la gente porque estaba concentrada en mi dolor, en mi duelo”, dice Elvira.

La vecina de su amiga conocía a Elvira, y justo por eso no sabía si iba a querer que le diera su teléfono a su primo. Así que inventaron una excusa. Hacía un tiempo que ella había vuelto a trabajar al colegio después de cinco años de licencia y también daba clases particulares. La mujer le dijo a Elvira que un señor necesitaba a una maestra para preparar a un chico y le preguntó si podía pasarle su número. Elvira aceptó, claro.

El mensaje llegó por Whatsapp al día siguiente. “Hola Elvira, soy Enrique, ¿te acordás de mí?”, escribió. Y no, la verdad era que Elvira no se acordaba de quién era, ni por la foto de perfil, ni por el nombre. Para ella, él siempre había sido Quique. Y había pasado una vida, a ella le había pasado la vida por encima. Enrique veía a la misma chica de la que se había enamorado en la juventud, pero la imagen era incapaz de transmitir la historia, y la verdad es que ella ya no era la misma: ¿por qué iba a recordar a un chico al que había visto sólo algunas veces cuando todavía era otra?

Enrique le habló de los bailes en el club y de la noche en que fue a verla a su casa. “¡Ah, vos sos el que me prestó el cassette nuevo de Phil Collins para que lo grabara y se lo devolviera al día siguiente!”, asoció por fin Elvira. “Claro, porque el cassette no era mío, ¡se lo tenía que devolver a un amigo!”, se río él. “¿Y por qué nunca volviste?”, preguntó ella. Entonces supo la otra parte de la historia, una que ni remotamente había imaginado.

Elvira nunca se enteró que la noche que se despidieron, Enrique se accidentó y estuvo un mes hospitalizadoElvira nunca se enteró que la noche que se despidieron, Enrique se accidentó y estuvo un mes hospitalizado

“La noche en que fui a tu casa estaba muy cansado, porque había hecho dos turnos en la fábrica. Tenía tantas ganas de verte, que fui igual. Pero a la vuelta me quedé dormido en la ruta y choqué contra un árbol. Me internaron con politraumatismos –reveló Enrique, aunque eso no era todo–. Había pasado un mes cuando me recuperé un poco, y vino a verme al hospital una chica con la que yo había salido hacía un tiempo. Estaba embarazada y venía con el padre, que fue muy claro. En cuanto saliera debía casarme con su hija, o me iba a denunciar porque ella era menor de edad. ‘Tenés dos opciones, según la respuesta que me des: del hospital salís a la Iglesia o a la policía’”.

Entonces él se resignó a hacerse cargo y formar una familia con esa chica, que se transformó en su mujer. “¿A que iba a volver a decirte algo? No tenía sentido involucrarte en eso, vos tenías que seguir con tu vida. Pensé que lo mejor que podía hacer era no aparecer más”, le confesó él en esa charla, tres décadas después. Enrique tuvo a su hijo, después una hija, y después otro varón. Fueron muchos años de sacrificios para que no les faltara nada, del trabajo a la casa. Aquella vez, cuando la vio en la puerta del colegio, no pudo evitar dar una vuelta para mirarla de nuevo, pero otra vez se llamó a silencio: no tenía nada para ofrecerle más que problemas.

Después de una crisis matrimonial bastante fuerte, Enrique y su mujer decidieron apostar otra vez a la pareja. Con la reconciliación, ella quedó embarazada. El hijo menor de Enrique y el de Elvira nacieron el mismo año. Tenía ocho años cuando los padres finalmente se divorciaron, en 2013. La misma edad que el de Elvira y el mismo año en que la tragedia le atravesó los sueños.

Desde entonces, él había estado solo, dedicado al trabajo y a una vida rutinaria. Nunca más había tenido una pareja. Y pensaba que iba a ser así para siempre hasta que vio la foto de Elvira. “¿Vos cómo estás? ¿Seguís casada?”, quiso saber después de resumir esas tres décadas. Elvira le contó que se había separado hacía años, pero que su marido nunca se había ido de la casa familiar. Enrique le preguntó si entonces no le molestaba que volviera a escribirle. Ella dijo que no.

Cuando Enrique salió del hospital, fue obligado a casarse con una menor que había embarazado (Crédito: pexels)Cuando Enrique salió del hospital, fue obligado a casarse con una menor que había embarazado (Crédito: pexels)

Los mensajes comenzaron a llegar a toda hora, en una conversación que se extendió durante meses. Enrique había tenido que viajar a un pueblo cerca de la Cordillera para cuidar a su madre que se enfermó de Covid y la señal del teléfono era débil, así que el ida y vuelta era lento y esperado.

A su regreso, lo primero que hizo fue pedirle que se vieran. Pero en el pueblo todos los conocían, así que organizaron un encuentro discreto. Se encontraron en una esquina alejada, ella en su auto y él en su camioneta. Ella estacionó y subió con él, del lado del acompañante. Entonces él le agarró la mano y se la besó despacio. Le dijo: “Estoy dispuesto a curar tus heridas, ¿me dejarías?”. “Son muchas”, respondió Elvira. Pero él no se amilanó: “No te creas que esto va a ser gratis, yo también tengo las mías. Y de esas te vas a tener que encargar vos”.

Le dijo que se veía viejo, feo y gordo, y que en cambio ella estaba linda y joven como cuando se conocieron. Ella le dijo que lo físico no le importaba más que por su salud: “Me hiciste esperar treinta años, ahora necesito que te cuides para que disfrutemos de esto. No pienses que va a ser tan corto todo”.

La primera vez que Elvira fue a su casa encontró las huellas de un hombre solo: la caja de herramientas arriba de la mesa, la bicicleta fija en el medio del living, las ventanas cerradas y ninguna planta. A la mañana siguiente, cuando ella hizo algo de comer, él admitió: “Es la primera vez en años que siento olor a hogar”. Ella sintió que la vida todavía le reservaba algo de felicidad.

Cuando Enrique vio la foto del cumpleaños de 15 reconoció de inmediato a Elvira, su amor cuando era joven (Crédito: pexels)Cuando Enrique vio la foto del cumpleaños de 15 reconoció de inmediato a Elvira, su amor cuando era joven (Crédito: pexels)

Pero en esos días, cuando se lo contó a sus amigas, la que le había mandado las fotos a la vecina le hizo saber que Enrique estaba saliendo con ella desde antes. “Me robaste el novio”, se quejó furiosa. Elvira se llenó de bronca, ¿cómo podía ser que él jugara así con sus sentimientos? Fue a verlo y le pidió explicaciones. Él le aseguró de todas las formas posibles que eso era mentira. Habían hablado algunas veces, sí, pero de ninguna manera le había dado a entender nunca que le interesara otra cosa. Elvira se quedó tranquila.

La mujer no se conformó con eso. Le dijo a Enrique que Elvira le había mentido: “Sigue casada, ¿no ves que vive con el marido?”. Todas las novelas tienen una villana, y Enrique también se sintió traicionado: ¿y si era Elvira la que estaba jugando con él? Al final ella aclaró los tantos y la que había sido su amiga se disculpó frente al resto del grupo: “Estaba celosa, pero no quiero perder tu amistad por un hombre”. Aunque las habladurías siguieron y las tres amigas terminaron distanciándose de esa señora, la relación de Enrique y Elvira se consolidó.

El le presentó a sus hijos; primero a la mujer, que es la más difícil, le dijo. “Si pasás ese filtro, el resto va a ser mucho más fácil”, adelantó. A las hijas de Elvira les costó un poco más. Para ellas también había sido muy duro todo lo que pasó con su hermanito. “Tuve que acostumbrarme a que fuéramos cuatro, y ahora me duele pensar que la familia se rompe otra vez y vamos a ser tres”, dijo la mayor el día que el padre hizo las valijas.

“Esto no puede seguir así ni por vos ni por mí –le rogó Elvira a su ex para que se fuera de la casa que todavía compartían–. Yo estoy conociendo a una persona, ya no podemos seguir viviendo juntos. La gente nos conoce, pero no todos saben cómo es nuestra situación, y yo quiero caminar por la calle tranquila”. Con el tiempo, las chicas lo entendieron. Elvira también las entiende: “Ahora son grandes, pero también cargan su duelo. Sufrieron mucho”.

Hoy, Elvira y Enrique se reencontraron y hace ocho meses que conviven (Crédito: pexels)Hoy, Elvira y Enrique se reencontraron y hace ocho meses que conviven (Crédito: pexels)

Elvira y Enrique planearon un viaje solos en febrero, pero justo el día en que salían, la madre de Enrique murió por las secuelas del Covid. El viaje se suspendió, porque él tenía que ir a ocuparse de los arreglos del funeral, pero con el cambio de planes también llegó la propuesta: “¿Y si te mudás a vivir conmigo?”

Hace ocho meses que conviven y se sienten compañeros. Sus hijos ya son familia. Ella disfruta de ver al menor mirando partidos de fútbol con el padre y hablando de cosas de varones, o cuando lo lleva y lo trae de alguna fiesta o de entrenar en el club. “‘No es tuyo, yo sé que no es el tuyo y no puedo devolvértelo’, me repite él, pero por algo Dios me trajo este regalo –dice Elvira a Infobae–. De a poco se ha ido encargando de acomodar mi equipaje. Si me hubiera puesto frente a Enrique antes, no estaría con él, porque tenía la cabeza en otra parte”.

A veces, mientras imaginan su retiro en la Cordillera, Enrique también le dice a Elvira: “Lo único que no vamos a poder hacer ahora es tener hijos juntos, pero te los prometo para nuestra próxima vida”.

Fuente; Infobae

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