«No dejemos que la luz quede afuera, que las voces de los demás suenen ajenas a nosotros, que el calor de lo que está vivo no nos alcance, no nos penetre el alma porque lo impide el aislamiento que contribuimos a afirmar con la misma irracionalidad con que se acepta un fatalismo, como si fuéramos irremisibles víctimas sin capacidad ni posibilidad de revertir el hecho de estar solos. Porque vivir solos no significa vivir en soledad».
Lo decía bellamente una preciosa nota de María Granata: «¿De qué está hecha la soledad?». Agrega: «Lo primero es circunstancial, anecdótico, algo a lo que uno puede adaptarse; lo segundo es directamente aniquilador. Porque la verdadera soledad no se debe a la no convivencia cotidiana: está hecha de la negación a participar, determinada por una actitud propia consideremos que, aunque no nos dejen participar abiertamente, hay maneras sutiles de hacerlo.
La verdadera soledad está hecha de trozos de desiertos salidos de nosotros mismos porque nos hemos permitido la aridez en vez de insistir en el brote vivo, independientemente de los resultados. (Los hermosos intentos contienen la validez de una victoria). La verdadera soledad está hecha del frío que hemos dejado avanzar a nuestro mundo interior; está hecha de párpados que se cierran para ocultar toda visión alentadora. Y además está nutrida por esa sustancia corrosiva que es la intolerancia.
Lo antagónico de la soledad no es sólo la compañía: lo es también el amor. El amor a los seres humanos, a las causas justas, a la belleza en todas sus expresiones, al conocimiento. No se está solo si se siente, si se piensa; mucho menos aún si se ama. No se está solo si en vez de esperar que alguien acuda a nosotros, somos nosotros los que acudimos en esa permanente búsqueda que es la vida, esa búsqueda que puede transformarse en encuentro. Y lo alentador es que todo encuentro con alguien, con algo propicio, es de por sí un mundo poblado.
En realidad no hay auténtica soledad si uno no ha ayudado a construirla».
¡Hasta el domingo!







