Son los excluídos, estúpido…

Un año antes de la elección presidencial de 1992 en Estados Unidos, George Bush tenía niveles de aprobación superiores al 80% y parecía imbatible en su intento reeleccionista.
Sus éxitos en política exterior (el fin de la Guerra Fría y la Guerra del Golfo de Pérsico, sobre todo) le otorgaban una presunta ventaja en la consideración popular. Sin embargo, la recesión en la economía estadounidense parecía su talón de Aquiles y la oposición lo aprovechó.
James Carville era uno de los coordinadores de la campaña electoral de Bill Clinton, por entonces gobernador de Arkansas y que buscaba –con escasas posibilidades lógicas- desbancar a Bush. Carville le señaló Clinton que debía enfocarse en cuestiones relacionadas con la vida cotidiana de los ciudadanos y sus necesidades inmediatas. Para mantener la campaña centrada en un mensaje, Carville pegó un cartel en las oficinas centrales con tres puntos escritos: “1- Cambio vs. más de lo mismo. 2- La economía, estúpido. 3- No olvidar el sistema de salud”. La frase, que luego fue reformulada a «Es la economía, estúpido», mostró de forma patente la importancia de la economía en el clima político y en el humor de un eventual electorado. Y dio resultado: Clinton ganó. Años después, en Argentina, pudo observarse un nuevo ejemplo de aquella sentencia.
Hoy por hoy el Gobierno mileísta muestra a propios y extraños algunos resultados económicos como la panacea a los males nacionales. Los guarismos de inflación son los estandartes que encabezan las expresiones del oficialismo.
Nada se dice, en cambio, de la cantidad de excluidos que depara su sistemas de gobierno y su programa económico.
Un fenómeno se destaca, no obstante, por estos lares: los vergonzantes índices de pobreza e indigencia que muestra la Argentina –que ya eran malos y, desde diciembre del año pasado son muy peores- no generan protestas populares masivas.
Quienes mandan deberían tener en cuenta como nunca las variables que hagan que las desigualdades entre habitantes de un mismo país no sean cada vez más grandes e indignantes, pues las voces de los pueblos se, más tarde o más temprano, se hacen escuchar.