La situación del mercado laboral en Mendoza está atravesada por un fenómeno que rompe con la lógica tradicional. Mientras la desocupación en la provincia se mantiene en un aceptable 6,7% (por debajo del promedio nacional del 7,5%), la realidad subterránea es mucho más compleja.
El verdadero termómetro de la situación mendocina es la “presión laboral”, un indicador que amplía el enfoque clásico: no se limita a medir la desocupación, sino que incorpora a los ocupados demandantes. Se trata de personas que, aun teniendo trabajo, buscan más horas o un segundo empleo para sostener sus ingresos.
Un informe del Instituto de Estudios sobre la Realidad Argentina y Latinoamericana (IERAL) ubica a la provincia como la cuarta con mayor presión sobre el empleo en el país, según datos del Indec correspondientes al cuarto trimestre de 2025.
El caso de Mendoza se explicó, en gran medida, por un problema estructural: la baja productividad de la economía. Durante casi dos décadas, la provincia mostró un estancamiento que impactó directamente en el ingreso per cápita y en la capacidad de generar empleo de calidad.
Sin mejoras en este indicador, el mercado laboral enfrentó un límite estructural: la imposibilidad de ofrecer empleos formales, estables y con ingresos suficientes.
En la provincia, la tasa de desempleo se ubicó en 6,7% de la Población Económicamente Activa (PEA), un nivel relativamente moderado en términos históricos. Sin embargo, ese dato convivió con un 20,8% de ocupados demandantes. La combinación de ambos grupos permitió estimar que alrededor de 275.000 personas enfrentaron dificultades en su inserción laboral, ya sea por falta de trabajo o por ingresos insuficientes.
Un ranking que expone realidades distintas
El informe del IERAL advirtió que, a nivel país, más de 5 millones de personas estuvieron bajo presión sobre el empleo, lo que representó cerca del 23% de la PEA . En otras palabras, casi uno de cada cuatro trabajadores tuvo problemas para sostener su situación laboral, aun cuando las tasas de desempleo no reflejaron esa magnitud.
En ese contexto, el relevamiento mostró que Mendoza no fue un caso aislado, sino parte de un patrón más amplio con diferencias regionales marcadas.
Córdoba encabezó el ranking con una presión del 35,4%. Allí, el problema no se explicó por la falta de empleo, sino por su calidad. El informe destacó que una proporción significativa de trabajadores, aun con ocupación, buscó alternativas para complementar ingresos. La elevada participación laboral y el dinamismo económico no evitaron la expansión de empleos insuficientes.
Tucumán, con 34,2%, presentó un escenario distinto. La estructura productiva, más concentrada en actividades de menor productividad, derivó en salarios bajos y alta necesidad de complementar ingresos. En este caso, la presión respondió tanto a limitaciones en la calidad del empleo como a restricciones estructurales de la economía local.
Santa Cruz, tercera con 27,7%, reflejó una combinación particular. La presencia de sectores de alta productividad, como energía e hidrocarburos, convivió con una fuerte dependencia del empleo público y una estructura poco diversificada. El resultado fue un mercado con ingresos promedio más altos, pero con tensiones derivadas de la concentración sectorial y la volatilidad del empleo privado.
Mendoza apareció inmediatamente detrás de ese grupo, superando a grandes centros urbanos como Buenos Aires (26,2%) o Santa Fe (20,7%). Si bien no presentó los niveles más altos de informalidad ni los menores niveles de participación, el problema se vinculó con una pérdida sostenida de productividad y una caída del ingreso real que erosionó la calidad del empleo disponible.
Presión laboral por provincia en % de la PEA

En el otro extremo, provincias como Formosa (4,5%) o Neuquén (5,5%) muestran los niveles de presión más bajos. Sin embargo, el IERAL advierte que esto no debe leerse necesariamente como una señal de salud económica.
En muchos casos, la baja presión en el norte argentino refleja un fenómeno de desaliento: la gente deja de buscar trabajo simplemente porque no hay oportunidades, lo que reduce artificialmente el indicador de “demanda”.
El contraste permitió identificar dos patrones. En las economías más dinámicas, la presión se explicó por la insuficiencia de ingresos. En las más rezagadas, por la falta de oportunidades y la salida de trabajadores del mercado.
El pluriempleo y la insuficiencia de ingresos
El informe privado planteó que la dinámica es el resultado de un proceso de degradación acumulado durante años. En Argentina, el mercado laboral mostró señales persistentes de fragilidad: informalidad elevada, crecimiento del empleo independiente de baja calidad y caída del empleo asalariado registrado.
Los datos del cuarto trimestre de 2025 reflejaron esa tendencia. De los 21 millones de ocupados en el país, el 39% se desempeñó en condiciones informales, lo que equivale a 6,7 millones de personas.
Al mismo tiempo, la composición del empleo formal mostró un deterioro. En los últimos dos años, los trabajadores monotributistas crecieron un 7,3%, mientras que los asalariados privados registrados cayeron un 2,1% .
Esta “monotributización” del empleo implica menos estabilidad, menos beneficios sociales y, generalmente, ingresos más volátiles. Ante este escenario, el pluriempleo dejó de ser una excepción para convertirse en una estrategia de supervivencia.
Dentro de los ocupados demandantes, el fenómeno presentó matices. El 47,3% correspondió a subocupados que trabajaron menos horas de las deseadas, mientras que el 52,7% restante estuvo integrado por trabajadores con jornada completa que, aun así, buscaron otro empleo . Este último grupo evidenció con mayor claridad el problema de ingresos: incluso el trabajo pleno dejó de ser suficiente.
Quiénes sufren más la crisis
“El problema no se limita únicamente a la falta de empleo, sino también a la calidad y a la capacidad de los puestos existentes para sostener ingresos. Cuando se incorpora esta dimensión, la imagen del mercado laboral cambia de manera significativa”, destaca el trabajo elaborado por los economistas Laura Caullo y Federico Belich. Y agrega que “la verdadera magnitud del problema laboral surge al sumar a los desocupados y a los ocupados que buscan más horas de trabajo o un empleo de mejor calidad”.
La presión laboral tiene rostro y sector. El IERAL identifica que la necesidad de buscar un segundo empleo es asfixiante en actividades de baja productividad o alta informalidad:
- Servicio doméstico. Lidera la búsqueda de empleo adicional con un 30,7%.
- Hoteles y Restaurantes. Un sector clave en Mendoza, con un 25,5% de presión.
- Construcción. Con un 23% de sus trabajadores buscando más ingresos.
Por el contrario, los sectores estratégicos y de capital intensivo, como la minería e hidrocarburos (6,4%) o las actividades financieras (8,3%), presentan niveles de presión mínimos, demostrando que donde hay productividad, suele haber mejores salarios.
En cuanto a la demografía, los jóvenes menores de 19 años son los más golpeados, con un 23% de ellos en situación de presión laboral. Las mujeres también enfrentan una carga mayor, con un 16,6% necesitando mejorar su inserción o ingresos en comparación con el promedio general.
“La mejora del mercado laboral no puede evaluarse únicamente a partir de la tasa de desempleo. Es necesario avanzar en la generación de empleo formal, productivo y mejor remunerado, capaz de reducir la necesidad de buscar ingresos adicionales o acumular ocupaciones”, concluye el informe.
Fuente: El Sol – https://www.elsol.com.ar/mendoza/tener-un-solo-trabajo-ya-no-alcanza-mendoza-entre-las-provincias-con-mayor-presion-laboral/







