Un nombre que dice más que mil palabras…
Hay veces en que la realidad política parece escrita por un guionista con un sentido del humor ácido y algo perverso. La visita del Jefe de Gabinete, Manuel Adorni, a nuestra provincia para inaugurar el parque solar «El Quemado», no pudo haber tenido un marco semántico más inoportuno —o revelador— para el funcionario nacional. Mientras cortaba cintas bajo el sol de Las Heras, el nombre del proyecto parecía actuar como una metáfora involuntaria de su propio presente: un Adorni que, lejos de la pulcritud discursiva de sus conferencias matinales, hoy se muestra políticamente incinerado por el peso de las denuncias de corrupción en su contra.
El contraste fue brutal. Por un lado, se intentó vender la imagen de una Argentina que se enciende a través de las inversiones del RIGI; por el otro, la figura central del acto llegaba a Mendoza envuelta en las llamas de sospechas judiciales que tocan la fibra más sensible del relato libertario. Las denuncias por presunto enriquecimiento ilícito y el manejo de fondos para pagos fastuosos han perforado la armadura de quien fuera el principal inquisidor de «la casta». Hoy, es Adorni quien debe dar explicaciones sobre un patrimonio que no cierra y sobre una estructura de poder que empieza a oler al mismo rancio que prometieron desterrar.
«El Quemado» resonó con una carga simbólica inevitable. No se trató solo de un parque solar; pareció el destino de un funcionario que ha perdido la capacidad de dar la cara sin el filtro de un atril. La incomodidad del gobernador Alfredo Cornejo, quien evitó cualquier gesto de cercanía o mención elogiosa, fue el termómetro preciso de esa temperatura política: nadie quiere quedar cerca de alguien que está ardiendo bajo el fuego de la sospecha.
Esta visita dejó una certeza amarga. Mientras el Gobierno Nacional se aferra a hitos técnicos para intentar demostrar gestión, sus piezas fundamentales se consumen en el descrédito. Manuel Adorni pasó por Mendoza intentando iluminar un proyecto energético, pero terminó dejando la imagen de un hombre que, políticamente, ya no tiene margen para evitar su propio incendio.