El periodista Orly Cristófalo, del sitio especializado Autoblog, visitó uno de los principales atractivos turísticos de San Rafael y compartió una experiencia ampliamente positiva. Sin embargo, entre los elogios a la belleza natural del recorrido, planteó una observación que merece atención: la escasez de espacios de acceso libre para que los visitantes puedan simplemente sentarse a contemplar el río Atuel, sin necesidad de ingresar a un emprendimiento comercial.
El Cañón del Atuel volvió a ocupar un espacio en un medio de alcance nacional, esta vez a través de una publicación del sitio Autoblog, especializado en automotores y deporte motor. Su autor, el periodista Orly Cristófalo, recorrió el emblemático circuito turístico sanrafaelino a bordo de una camioneta Kia Tasman, acompañado por Javier «Nemo» Dóbalo, y compartió una reseña que combina admiración por los paisajes, recomendaciones para los viajeros y una observación que abre un interesante debate sobre el aprovechamiento turístico de nuestros recursos naturales.
Lejos de presentar una mirada negativa sobre el destino, Cristófalo destacó reiteradamente la belleza del Cañón del Atuel, sus imponentes formaciones rocosas y las condiciones del camino, al que describió como un recorrido que invita a detenerse permanentemente para fotografiar y contemplar el paisaje.
El periodista explicó que había intentado conocer el circuito casi un año atrás, pero las condiciones meteorológicas, con una tormenta de granizo, frustraron aquella posibilidad. En esta oportunidad, el buen tiempo permitió concretar la experiencia, que realizó en dos etapas: primero desde Valle Grande hacia el sector de El Nihuil y, posteriormente, desde las cercanías de San Rafael en dirección al dique.
En su relato, Cristófalo ponderó las características del camino de montaña, donde cada curva ofrece una perspectiva diferente de las formaciones naturales que distinguen al lugar. También destacó la presencia de ciclistas, transportes turísticos y emprendimientos que ofrecen actividades como rafting, cabalgatas y trekking, además de las múltiples opciones de alojamiento disponibles en la zona.
La apreciación general fue sumamente favorable. Incluso recomendó a sus lectores salir desde San Rafael alrededor de las 10 de la mañana para disponer de tiempo suficiente y recorrer el circuito completo, con las necesarias precauciones al detener los vehículos en sectores estrechos o con poca visibilidad.
Pero en medio de tantos elogios apareció una reflexión que, por su contenido, merece ser analizada especialmente en San Rafael.
¿Dónde puede sentarse un turista a disfrutar del río sin recurrir a un emprendimiento?
Al describir la importante presencia de establecimientos comerciales y prestadores turísticos sobre las márgenes del Atuel, Cristófalo introdujo una observación tan sencilla como significativa: «Con tanto emprendimiento, camping, rafting y coso casi no hay lugares para que te puedas instalar con una sillita a descansar mirando el agua pasar».
La frase, expresada casi al pasar dentro de una crónica de viaje, pone sobre la mesa una cuestión que trasciende la experiencia individual del periodista.
El Valle Grande y el recorrido del río Atuel constituyen uno de los motores turísticos más importantes de San Rafael. Durante décadas, la inversión privada permitió desarrollar una amplia oferta de servicios, alojamientos, establecimientos gastronómicos y propuestas recreativas que generaron empleo y contribuyeron a posicionar al departamento entre los destinos turísticos más elegidos del país.
Sería injusto desconocer ese aporte. Buena parte del crecimiento del turismo sanrafaelino se explica por la iniciativa de empresarios y emprendedores que apostaron por la región, invirtieron recursos y asumieron riesgos para ofrecer servicios cada vez más variados.
Sin embargo, ese desarrollo también invita a formular una pregunta: ¿se ha preservado suficiente espacio para quienes simplemente quieren disfrutar del entorno natural sin contratar una actividad o utilizar las instalaciones de un establecimiento privado?
La observación de Cristófalo no constituye, por sí misma, una denuncia sobre restricciones ilegales de acceso al río, ni permite determinar cuáles son las condiciones jurídicas de cada predio ribereño. Pero sí refleja una percepción concreta de un visitante: encontrar un lugar para detenerse libremente junto al agua no resulta tan sencillo como podría suponerse en un destino caracterizado precisamente por la presencia de un río.
Y allí aparece una discusión que merece ser abordada sin confrontaciones innecesarias entre el sector público y el privado.
El desarrollo turístico necesita inversiones, servicios, infraestructura y emprendimientos que agreguen valor a los atractivos naturales. Pero también requiere espacios públicos accesibles, sectores de descanso, lugares seguros para estacionar y puntos desde los cuales cualquier persona pueda disfrutar del paisaje sin que ello implique necesariamente un consumo.
No todos los turistas llegan a San Rafael buscando una excursión de aventura o una jornada completa en un complejo recreativo. Algunos desean caminar, tomar fotografías, compartir unos mates o simplemente contemplar el paso del agua entre las montañas.
Esas experiencias también forman parte del turismo y, en muchos casos, representan su expresión más elemental: el contacto directo con la naturaleza.
Por supuesto, habilitar nuevos espacios de uso público no significa permitir el ingreso indiscriminado a propiedades privadas ni desconocer las condiciones de seguridad propias de un río cuyo caudal puede experimentar variaciones. Cualquier iniciativa en ese sentido requiere planificación, identificación de lugares adecuados, respeto por las normas vigentes y medidas para preservar el ambiente.
Precisamente por eso, la reflexión del periodista podría convertirse en una oportunidad para que las autoridades competentes y los representantes del sector turístico analicen si existen suficientes espacios de acceso público debidamente acondicionados a lo largo del circuito.
El debate también podría extenderse a la información que reciben los visitantes. Una señalización clara sobre los sitios habilitados para detenerse, descansar y acceder al entorno del río contribuiría a mejorar la experiencia turística sin perjudicar las actividades comerciales existentes.
Resulta interesante, además, que esta observación no provenga de una crítica generalizada hacia San Rafael, sino de alguien que manifiesta haber disfrutado profundamente de su visita y recomienda el recorrido a otros viajeros.
En ese contexto, sus palabras adquieren un valor particular. Muchas veces, quienes habitamos una región naturalizamos determinadas características de nuestros espacios turísticos, mientras que la mirada externa permite advertir situaciones que pasan inadvertidas en la vida cotidiana.
El Cañón del Atuel posee un patrimonio paisajístico extraordinario y una oferta de servicios que constituye una fortaleza para la economía departamental. Ambas condiciones pueden y deben convivir con la posibilidad de garantizar espacios donde el disfrute de la naturaleza no dependa exclusivamente de una actividad comercial.
La publicación de Autoblog termina siendo, en definitiva, una excelente promoción para San Rafael, pero también deja una inquietud que vale la pena recoger.
Porque quizás una de las mejores formas de seguir fortaleciendo nuestro destino turístico sea recordar que, entre tantos servicios, excursiones y propuestas comerciales, también debe existir lugar para algo tan sencillo como colocar una silla frente al río Atuel y quedarse un rato mirando cómo pasa el agua.


