Juan Barroso, excombatiente sanrafaelino, recibió un diploma de honor a 44 años de la guerra. Su testimonio reconstruye el frente de batalla en Monte Dos Hermanas y una decisión extrema en pleno combate. El reconocimiento llegó después de más de cuatro décadas, pero también con la carga de una historia que permanece intacta.
Juan Barroso, veterano de la Guerra de Malvinas oriundo de San Rafael, fue distinguido en el Senado de la Nación con un diploma de honor por su actuación durante el conflicto de 1982. En diálogo con Diario San Rafael y FM Vos 94.5, reconstruyó su experiencia como suboficial del Ejército Argentino, su llegada a las islas con apenas 21 años y el episodio que marcó su participación en combate, cuando decidió desobedecer órdenes para brindar apoyo de fuego a sus compañeros.

Formación y llegada a las islas
“Sí, era cabo”, recordó al referirse a su grado dentro del Ejército. Barroso explicó que su formación comenzó tras el servicio militar en Tupungato y su posterior ingreso a la Escuela de Suboficiales Sargento Cabral. “Me fui a rendir a la Cabral y rendí bien, y al año siguiente ingresé, en el 79”, señaló. Tras egresar, fue destinado al Regimiento de Infantería 6, que en ese momento tenía asiento en Mercedes, provincia de Buenos Aires.
El 2 de abril de 1982 marcó un punto de inflexión. “Me enteré a las 5 horas de la mañana que habían recuperado las Islas Malvinas”, relató. De inmediato se presentó en su unidad, pese a estar de licencia, y comenzó el proceso de organización para el traslado. “Partimos a Malvinas y llegamos el día 13 de abril a la madrugada”, precisó. Barroso integraba una compañía de aproximadamente 160 hombres y cumplía funciones en la sección de morteros 81. “Yo estaba en la sección morteros 81”, explicó, detallando que cada pieza estaba compuesta por cuatro soldados más el jefe de grupo, rol que él ocupaba. Desde allí, su tarea consistía en brindar apoyo de fuego indirecto en el campo de batalla.

Posiciones en Monte Dos Hermanas
Tras distintos movimientos dentro de las islas, finalmente su unidad se posicionó en Monte Dos Hermanas. “Tomamos posiciones en la montaña Dos Hermanas”, recordó, y agregó que el despliegue implicaba cavar posiciones, organizar sectores de vigilancia y prepararse para un eventual ataque. “Había que aprestarse porque en cualquier momento podía pasar algo”, señaló. Ese “algo” comenzó a tomar forma con el avance de las tropas británicas. Barroso relató que detectaban movimientos enemigos a varios kilómetros de distancia, con helicópteros descargando material y tropas. “Yo tenía fe en que podíamos llegar y hacernos un festival ahí”, dijo en relación con el alcance del mortero, que rondaba los 3.500 metros efectivos. Sin embargo, las órdenes eran claras: no abrir fuego sin autorización.
“Le dije a mi jefe de compañía si me autorizaba a tirar”, contó. La respuesta fue negativa. “Me dice: ‘dejate de joder, se van a dar cuenta y nos van a hacer pelota’”, recordó. La frustración crecía entre los soldados. “¿A qué vinimos si no podemos tirar?”, se preguntaba entonces. Mientras tanto, los combates se intensificaban en posiciones cercanas. “A nosotros no nos habían tirado todavía ningún proyectil”, señaló, aunque relató que un impacto cercano dejó a un compañero herido por la onda expansiva. “La bomba estalló a unos 10 metros”, detalló.
La noche del combate y la desobediencia
El momento más crítico llegó en la noche del 12 de junio, cuando las fuerzas británicas lanzaron un ataque directo. “Era un infierno eso”, sintetizó. En medio del combate, las primeras líneas argentinas comenzaron a replegarse y se multiplicaron los pedidos de ayuda. “El soldado gritaba: ‘no me dejen, quiero volver al continente, quiero ver a mi madre’”, recordó con crudeza. Desde su posición, Barroso escuchaba los pedidos desesperados de apoyo de fuego. “Yo escuchaba todos esos gritos y estaba en mi posición”, relató. En ese contexto, cuestionó la retirada de sus superiores. “El jefe de compañía fue el primero que salió corriendo”, afirmó. Fue entonces cuando tomó la decisión que marcaría su historia en la guerra. “Yo de acá no me voy”, sostuvo. Y agregó: “Yo acá vine a pelear”. A pesar de las órdenes de repliegue, se negó a abandonar su posición. “A mí no me calienta si me matan”, expresó, al tiempo que explicaba su objetivo: “Quería cubrir la retirada de ellos”.

El enfrentamiento con su superior fue directo. “La orden que usted me da yo me la paso por donde usted sabe”, relató que le dijo en un momento de máxima tensión. Su intención era clara: “Quiero tirar para dar apoyo a mis compañeros”. Finalmente, y con el respaldo de otros oficiales, Barroso abrió fuego. “Fui tirando porque me apoyaron otros oficiales”, afirmó. Ese accionar, que implicó desobedecer órdenes en medio del combate, es uno de los hechos que fundamentaron el reconocimiento recibido recientemente.

Un reconocimiento tras 44 años
La distinción en el Senado llegó 44 años después del conflicto. “Ya hacían 44 años, yo había perdido la esperanza de que algún día se acordaran”, confesó. El reconocimiento no solo pone en valor su accionar, sino también el de tantos soldados que atravesaron situaciones extremas durante la guerra. El testimonio de Barroso reconstruye con precisión el clima de combate, la incertidumbre, el miedo y también las decisiones que, en cuestión de segundos, podían significar la vida o la muerte. Su relato deja al descubierto las tensiones internas, las órdenes contradictorias y el peso de la responsabilidad en un joven de apenas 21 años que se encontró en el frente de batalla. Hoy, con el paso del tiempo, su historia vuelve a cobrar relevancia, no solo por el reconocimiento institucional, sino por la necesidad de seguir escuchando a quienes vivieron en primera persona uno de los episodios más significativos de la historia argentina reciente.







