Valentín Andrés contó cómo fue la exigente travesía que unió Dina Huapi con El Calafate por caminos de ripio y tierra. Aunque el buggy familiar se rompió antes de largar, igualmente vivió la experiencia y ya piensa en volver el próximo año.
Lo que comenzó como el sueño de correr una aventura extrema a bordo de un buggy familiar restaurado terminó convirtiéndose en una historia de frustraciones mecánicas, compañerismo y paisajes inolvidables. Valentín Andrés, participante de la travesía, formó parte de una competencia de resistencia que atravesó las provincias de Chubut y Santa Cruz, aunque finalmente no pudo hacerlo con el vehículo que había preparado especialmente para la ocasión.
En diálogo con Diario San Rafael y FM Vos 94.5, Andrés relató cómo fue la experiencia que se desarrolló entre el 16 y el 25 de mayo y que tenía como punto de partida Dina Huapi y llegada en El Calafate. “La competencia largaba en Dina Huapi, que es el pueblo que está en la entrada de Bariloche y finalizaba en Calafate, 10 días después de la largada”, explicó.
El recorrido se realizaba íntegramente por caminos de ripio y rutas secundarias. “Todo por caminos de ripio, secundarios atravesando a lo ancho y a su vez a lo largo la provincia de Chubut y Santa Cruz”, detalló el joven, quien destacó la dureza del trayecto y también las bajas temperaturas que debieron soportar durante gran parte del viaje.
Sin embargo, el principal golpe llegó antes incluso de comenzar la carrera. El buggy, que había sido recuperado y reacondicionado para esta aventura, sufrió una importante rotura mecánica. “El buggy tuvo la desgracia de sufrir bajo manos no muy conocedoras del tema y se rompió antes de salir”, lamentó Andrés.
El problema, según contó, se originó por trabajos mecánicos mal realizados antes de emprender el viaje. “No estuvo a la altura ni siquiera de un uso normal”, aseguró. Incluso relató que el vehículo prácticamente no alcanzó a circular en Bariloche. “Llegó a Bariloche el auto de tiro y allá no sé si llegó a ser 10 cuadras el pobre auto”, comentó.
El espíritu de la competencia
Pese al mal momento, decidieron no abandonar la experiencia y encontraron la posibilidad de continuar la travesía como acompañantes en otro vehículo. “Nosotros por lo menos pudimos competir en una F100 de un muchacho que iba solo, así que por lo menos la carrera igual la disfrutamos”, explicó.
Valentín viajó acompañado por su padre y dos amigos de Buenos Aires, quienes se distribuyeron en distintas camionetas para continuar la aventura patagónica. Más allá de la frustración inicial, destacó el espíritu que rodeaba a la competencia y la camaradería entre los participantes.
“La competencia es de resistencia. Lo que buscaba la competencia era el simple hecho de llegar”, explicó. El sistema de puntuación, lejos de premiar únicamente la velocidad, también valoraba los gestos solidarios y la capacidad de sobreponerse a las dificultades.
“Si te parabas a arreglar el vehículo de otra persona desinteresadamente, todo eso te iba aportando puntos”, contó. Incluso recordó que los ganadores de esta edición fueron los tripulantes de un Jeep Willys modelo 1946. “Ganaron por haber hecho todo el recorrido sin parabrisas, sin techo y de las 10 noches haber hecho 8 en camping bajo cero”, relató.
La dureza del recorrido quedó reflejada también en los números finales. Según indicó Andrés, largaron 127 vehículos y apenas 62 consiguieron llegar a El Calafate. “Más de uno llegó en grúa”, señaló entre risas.

Postales de la Patagonia profunda
Respecto al estado de los caminos, el sanrafaelino admitió que esperaba encontrarse con rutas mucho peores. “Las rutas estaban mucho mejor que muchas rutas de asfalto”, aseguró. Aunque aclaró que igualmente existían riesgos importantes por tratarse de caminos de tierra y ripio. “Se rompieron muchos parabrisas. Más de uno se comió alguna curva por deslizarse sobre la tierra”, recordó.
Otro de los aspectos que más lo sorprendió fueron los paisajes de la Patagonia profunda. Valentín mencionó especialmente el tramo entre Gualjaina y Sarmiento, en Chubut. “Uno pensaría que en el sur hay una estepa infinita. La verdad que no, hay mucho para ver”, expresó.
La logística también tuvo mucho de improvisación. El grupo solamente tenía reservadas las primeras dos noches de alojamiento y luego fueron resolviendo sobre la marcha, dependiendo de hasta dónde lograban avanzar cada jornada.
En cuanto a las comidas, explicó que algunas cenas eran organizadas por la organización de la carrera, mientras que los almuerzos surgían espontáneamente entre los participantes. Una de las anécdotas más llamativas ocurrió cerca del lago Musters, cuando uno de los competidores detuvo a varios vehículos. “Pensamos que se le había roto el auto y necesitaba ayuda, pero no. Había comprado chorizos para 100 personas y estaba invitando a toda la carrera”, recordó.
Pese a todos los inconvenientes, Andrés aseguró que la experiencia dejó ganas de revancha y confirmó que ya piensan en regresar el próximo año, esta vez sí con el buggy funcionando correctamente. “El año que viene nos vamos a volver. Nos vamos a tomar revancha contra todo lo malo que le pasó a este auto”, adelantó.
Sobre la posibilidad de regresar nuevamente con el mismo vehículo, no dejó dudas. “Sí, indiscutible”, afirmó. Y agregó con humor: “El buggy también merece la revancha”.







