Una infame cascada de sospechas

Mientras el ciudadano común hace verdaderos malabares para llegar a fin de mes, reduciendo el consumo de alimentos, estirando un sueldo que perdió la carrera contra la inflación y escuchando desde los despachos oficiales que hay que aguantar el ajuste, el núcleo del poder nos regala postales que ofenden la inteligencia y la dignidad de la República. La reciente declaración judicial sobre las refacciones en la vivienda del Jefe de Gabinete, Manuel Adorni, en el country Indio Cuá no es solo un dato de la crónica judicial; es la radiografía de una inmoralidad política pocas veces vista en su magnitud.

Hablar de 245 mil dólares en efectivo —pagados cash, sin factura y destinados a lujos como cascada artificial, pileta climatizada y una parrilla de proporciones colosales— en un país con la mitad de su población bajo la línea de la pobreza, adquiere un tinte cuasi pornográfico. Representa la desconexión total de quienes llegaron al gobierno con la promesa de achicar los privilegios de la casta, pero terminaron reproduciendo y multiplicando las peores costumbres del poder, financiando reformas suntuosas mientras le exigen al jubilado y al trabajador un sacrificio del que ellos mismos parecen reírse sin decoro.

La crisis que atraviesa la Argentina es monumental y dolorosa. El tejido productivo de nuestras economías regionales se encuentra asfixiado por la caída estrepitosa del poder adquisitivo, la falta de consumo interno y los tarifazos. En nuestras calles vemos a las pymes cerrar, a los trabajadores endeudarse para poder comer y a los jóvenes migrar porque el salario formal ya no alcanza ni siquiera para cubrir la canasta básica. Sin embargo, para los arquitectos del ajuste, la realidad parece regirse por otras leyes físicas y económicas.

Resulta indignante escuchar las explicaciones evasivas que intentan minimizar un gasto que supera en cientos de veces los ingresos formales declarados por el funcionario. El contraste es brutal: de un lado, el rigor fiscal implacable que deja a las familias a la intemperie; del otro, montañas de billetes verdes en efectivo para construir el paraíso privado de quienes predican la austeridad ajena desde los atriles.

La indignación que cada día más se respira en cada rincón del país no es producto del resentimiento, sino de un elemental sentido de la justicia. Cuando quienes exigen sangre, sudor y lágrimas se dedican a la ostentación y al derroche de fondos de origen dudoso, la representatividad de los que mandan está herida fatalmente.

Es hora de exigir que la Justicia actúe con total transparencia para esclarecer el origen de estos fondos, pero sobre todo, es momento de que la sociedad no se deje engañar por el relato de la austeridad. La República no se salva con el sacrificio de los que menos tienen mientras el jardín de las delicias de los funcionarios crece a costa del hambre del pueblo.