Vanidad

Un profundo observador de la conducta humana, José Ortega y Gasset, escribió en «La rebelión de las masas» que el vanidoso necesita de los demás, busca en ellos la confirmación de la idea que quiere tener de sí mismo».
En el fondo, el vanidoso necesita de cómplices que le ayuden a mirarse a sí mismo con las lentes de aumento con que él se mira. Esta búsqueda inconsciente le hace mal al vanidoso y se expone a quedar a un paso del ridículo. Conozco el caso de una actriz, hermosa pero con un ego muy subido. Un día comunica la noticia: «Me voy a casar. Sé que mi casamiento hará infelices a muchos hombres…». No faltó la «maldita» que susurró a la amiga: «Cómo: ¿es que piensa casarse con más de uno?»… bien decía Beaumarchais: «Tontería y vanidad son compañeras inseparables».
Hay una sabia página de don Miguel de Cervantes Saavedra, que pone en boca de Don Quijote un consejo siempre actual: «Has de poner los ojos en quien eres, Sancho, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil de los conocimientos que pueda imaginarse. Del conocerte saldrá el no hincharte, como la rana que quiso igualarse con el buey. Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje y no te desprecies de decir que vienes de labradores, porque viendo que no te corres, ninguno se pondrá a correrte y préciate más de ser humilde y virtuoso que pecador y soberbio».
Para citar otro clásico español, vea lo que escribió Quevedo: «Mira que eres el que ha poco que no fuiste, y el que siendo eres poco y el que de aquí a poco no serás: verás cómo tu vanidad se castiga y se da por vencida». Sabia advertencia, para volver a leerse, para empezar a vivirse.
El haber nacido de humilde cuna puede incluso ayudar a ubicarse bien cuando las circunstancias lo colocan en un lugar destacado. Jorge Leber había sido albañil en su juventud. Llegó a ministro de defensa de Alemania Federal. Le preguntaron entonces en qué se parecía su alto cargo con su antiguo oficio. La respuesta fue inmediata: «En ambas situaciones, uno tiene que evitar el vértigo de las alturas»… Para el final, la aguda observación de Goethe: «Súbete, si quieres, a un alto zócalo: serás siempre el que eres». Las «petisuras espirituales» no se ocultan con humos…
¡Hasta el domingo!