Eduardo Barroso, vecino del departamento, vive un calvario que refleja la impotencia y el desamparo ante el avance de la delincuencia en su barrio. En los últimos meses, ha sufrido nueve robos, cada uno más devastador que el anterior, en una situación que lo tiene literalmente prisionero en su propia casa. “Esto no es vida; estoy encerrado como si tuviera prisión domiciliaria”, aseguró a Diario San Rafael y FM Vos 94.5.
El barrio que hace mención la víctima se encuentra en las inmediaciones de Pasaje Ojeda, entre Edison y Paula Albarracín de Sarmiento.
El último episodio ocurrió hace apenas unos días. Eduardo salió a comprar algo para cenar, un trayecto que no le tomó más de quince minutos, y al regresar encontró su casa violentada. “Reventaron la ventana porque no pudieron con la puerta. Se llevaron un secador de pelo y un teléfono prestado, porque el mío ya me lo habían robado. Esos tipos actúan rápido y siempre saben cuándo no estoy”.
Barroso, técnico electrónico, electricista e informático, ha intentado continuar con su trabajo desde su domicilio, pero los constantes robos y el miedo de sus clientes lo han dejado sin ingresos. “Antes me robaron todas mis herramientas de trabajo, hasta un lavarropas. Me dejaron sin nada. Ahora apenas tengo una cajita de herramientas armada con lo poco que quedó tirado por ahí”, relató con amargura.
La situación empeoró tras la muerte de su madre en junio, quien era su única familia. Eduardo explica que antes del fallecimiento de su madre, ya enfrentaba robos ocasionales y advertencias de vecinos sobre el peligro en la zona. “Me decían que tuviera cuidado, que querían entrar a robarme. No teníamos cosas de lujo, pero lo poco que teníamos nos costó mucho”.
En el relato de Eduardo, la impotencia aumenta al saber que los delincuentes están identificados y viven en las cercanías. “Uno de ellos vive pegado a mi casa. Lo sabe toda la policía, y no solo por mis denuncias; hay muchas más de otros vecinos. Pero no pasa nada. La justicia no actúa. Los agarran, los llevan y a las horas están de vuelta”.
Barroso destacó que su relación con la policía es buena, pero subrayó que la raíz del problema es la inacción de los jueces. “La policía hace lo que puede. A mí nunca me tardaron más de 15 minutos en venir cuando los llamé. Pero ellos están atados de pies y manos. Esto es un problema judicial. No hay consecuencias para los delincuentes, y eso los envalentona”.
El aumento del consumo y la venta de drogas en el barrio también ha agravado la situación. “Es como ir a comprar cigarrillos; se vende por todos lados. Cuando necesitan dinero, nos agarran a nosotros, los vecinos. Acá roban cualquier cosa: desde garrafas hasta bicicletas, televisores y secadores de pelo. No les importa el valor de lo que se llevan; es solo por hacer daño”.
El calvario no termina en los robos. El hombre vive constantemente vigilado por los mismos delincuentes. “Me hacen agujeros en la pared para espiarme, saben cada movimiento que hago. No puedo salir ni a comprar sin pedirle a un vecino que me cuide la casa. Es agotador”.
Sin embargo, Eduardo no pierde la esperanza de una solución. Su mayor deseo es recuperar una vida normal. “Solo quiero lo que todos quieren: salir tranquilo, trabajar en lo que amo, poder caminar por la calle o ir a un evento sin temor. Hace meses que no puedo disfrutar de nada, y eso es lo más triste”.
La situación de Eduardo Barroso es un retrato de un problema más amplio: la falta de seguridad y justicia en algunos barrios de San Rafael. Mientras tanto, él sigue luchando por sobrevivir en medio del abandono.







