Casi desde el inicio mismo de su existencia, la sociedad argentina llega al final de cada año con una sensación recurrente: la de haber sobrevivido al “año que vivimos en peligro”. Este 2023 no es la excepción, incluso podría decirse que este momento es uno de los más acuciantes de nuestra historia moderna y el agobio es enorme.
Por distintas razones, los años siempre nos parecen interminables y el alivio por la supervivencia dura solo hasta el próximo golpe de la ola de esa marea incesante que es nuestra realidad. Acaso alguna vez llegue un año realmente inolvidable, un año previsible, tranquilo, sin grandes acontecimientos, con rutinas que lleven una convivencia lógica, privado de falaces promesas de grandeza, pero con la irreemplazable sensación de que esta marea nos da un respiro.
Llevamos mucho tiempo en que la vida en Argentina se agita y revuelve, como si siempre estuviéramos entre las olas de un mar. Sin embargo, en nuestro caso, esa marea solo sube y sus golpes en la rompiente son muchas veces violentos. Esas “olas” son filosóficas (con posturas políticas irreductibles) y fácticas (una pobreza monumental y una economía con signos de exclusión desesperantes).
En ese mismo escenario, la necesidad de encontrar culpables sin reconocer responsabilidades propias, es cosa habitual, diaria. Y un país de culpables (para unos y para otros, depende quien eche las culpas) no puede ser un país de responsables.
El problema de vivir en esa marea incesante, sin pausa y sin sedimentación, es que se naturaliza y se crea acostumbramiento y adicción. Se fijan la sensación y la creencia de que “las cosas son así”, de que no pueden ser de otra manera, de que el enfrentamiento, la sospecha, el resentimiento, el rechazo, la intransigencia, las malas condiciones de vida, la imposibilidad de vivir tranquilos financieramente son parte del “ser argentino”.
Las energías individuales y colectivas se desaprovechan día a día en esa forma de vida y de vinculación, a las que se procura justificar o disfrazar bajo autoelogios como los que dicen que somos “apasionados”, “creativos” o “vitales”.
Ojalá el 2024 nos sorprenda con una realidad con menos marejada porque el barco que es nuestro país no resiste muchos embates más.





