El gravísimo siniestro vial ocasionado durante la madrugada del domingo en la avenida Yrigoyen, de nuestra ciudad, por un conductor alcoholizado y que ha dejado al borde de la muerte a uno de sus amigos pasajeros, reabrió la herida de la siniestralidad vial y el alcohol al volante.
Los estudios a nivel mundial ya han hecho evidente que la inmensa mayoría de los siniestros viales –no “accidentes” porque los siniestros se podrían evitar- son ocasionados por errores humanos.
Los siniestros viales protagonizados por conductores que iban alcoholizados –y muchas veces en estado de avanzada ebriedad- se han multiplicado en los últimos tiempos. Nuestras páginas lo evidencian a diario.
Los controles de padres autoconvocados, la intención de imponer la idea del “conductor designado” y hasta la interminable discusión acerca de la “tolerancia cero al volante” –que la industria de las bebidas siempre resistirá- han pasado. Lo mismo que el incremento en los montos de las multas para los infractores y las campañas para concientizar para no consumir alcohol antes de manejar un vehículo.
Los lesionados y los muertos siguen demostrando que son –o somos, si queremos hacernos absolutamente cargo- muchos los sanrafaelinos que aún no comprenden –comprendemos, de nuevo- el riesgo y el dolor que conlleva estar alcoholizado y conducir un vehículo que protagoniza un siniestro vial.
Todo lo anterior dicho también se aplica al consumo de otras sustancias, desde las ilegales como la marihuana o la cocaína hasta las legales como aquellas que afectan al sistema nervioso central. En estos casos con un agravante, casi nunca se analiza este tipo de consumo, salvo que se trate de siniestros graves.
Lo que se pueda hacer o decir después de un siniestro es insuficiente para reparar el daño que se puede ocasionar en las víctimas. Eso debería generar una conciencia que, por ahora y a las claras, aún no ejercemos.