En el debate político contemporáneo, la insistencia en explicar las divisiones nacionales bajo el prisma de la denominada «grieta» ideológica funciona más como un decorado que como un diagnóstico certero. Reducir la complejidad del país a una mera oscilación partidaria es omitir la consolidación de un fenómeno mucho más profundo y estructural: el arraigo de una Argentina dual. Esta fragmentación no se divide por simpatías políticas, sino por el diseño de un modelo económico vertical que elige qué sectores deben sobrevivir y cuáles están condenados a ser variables de ajuste.

La verdadera dualidad que hoy se impone divide al país en dos bandos nítidos. Por un lado, se consolida el bloque de las actividades extractivistas de enclave —la minería a gran escala, la explotación petrolera focalizada en la supuesta panacea de Vaca Muerta y la especulación financiera—, sectores fuertemente concentrados, intensivos en capital y promovidos oficialmente como el único norte posible. Por el otro, subsiste el bando de la economía real y productiva tradicional: la industria nacional, el comercio, los servicios y las economías regionales. Es este último entramado el que verdaderamente sostiene el empleo diario de las mayorías, pero hoy se encuentra bajo un proceso de asfixia fenomenal.

Al interrogar el horizonte del corto plazo, el mapa de la inclusión y la exclusión resulta predecible pero alarmante. En lo inmediato, el bando extractivo gozará de incentivos fiscales, desregulaciones y un flujo de divisas que garantizará la inclusión de una minoría ligada a los servicios corporativos de energía. En la otra orilla, la exclusión golpea de forma directa e inmediata al comerciante de cercanía, al obrero industrial y al pequeño productor. La caída drástica del consumo interno y los costos de producción inalcanzables operan como un torniquete que asfixia la actividad cotidiana de quienes dependen del mercado local.

A mediano plazo, la brecha adquiere rasgos de desmantelamiento estructural. La insistencia oficial en direccionar los recursos del Estado exclusivamente hacia el enclave primario provocará la quiebra sistemática de pequeñas y medianas empresas familiares. La riqueza generada por la minería o el petróleo, por su propia naturaleza, se concentrará en pocas manos y tenderá a emigrar fuera de las fronteras regionales. En este lapso, los excluidos serán los sectores de la clase media trabajadora, desplazados por la destrucción del tejido industrial y comercial, frente a una actividad extractiva que jamás poseerá la capacidad de absorber la inmensa masa de puestos de trabajo que se pierden en las otras ramas de la economía.

En el largo plazo, el panorama proyecta una irreversibilidad demográfica y social. Un país fracturado donde una pequeña élite asociada a los recursos naturales concentrará el ingreso, mientras la gran mayoría de la población quedará confinada a la informalidad, el subempleo o la dependencia asistencial. No se tratará únicamente de una asimetría de ingresos, sino de la desaparición de la movilidad social ascendente que históricamente caracterizó a nuestra sociedad.

Lo dicho lleva a pensar en la denominada “peruanización” del país, teoría que sostiene que Argentina estaría transitando hacia un modelo similar al peruano (surgido tras las reformas de los años 90), con una economía con estabilidad macroeconómica y baja inflación, pero con alta desigualdad, fragmentación política y un mercado laboral sumamente informal.

Este escenario escindido determinará de manera matemática la fisonomía del poder y el comportamiento electoral venidero. Bajo la premisa de que el voto mantiene una correlación lógica con la supervivencia material —cosa que la historia demuestra elástica, pero no extinta—, la Argentina dual definirá las características de los próximos líderes y, fundamentalmente, la orientación de la presidencia de la Nación. De hecho, y volviendo a Perú, no se puede soslayar que, por estas horas, el nuevo presidente del vecino país se define voto a voto en un balotaje de “50 y 50”, algo que hace evidente la dualidad analizada desde el principio de esta nota.

Un electorado nítidamente dividido por su fuente de subsistencia demandará representantes que encarnen la defensa irrestricta de su respectivo cuadrante. El bando integrado al extractivismo optará por líneas ideológicas de impronta tecnocrática y apertura absoluta, percibiendo la protección del mercado interno como un lastre para su rentabilidad global. En contrapartida, la vasta franja de la exclusión productiva se volcará hacia discursos que prometan la restitución del aparato industrial y la defensa del trabajo local. La alternancia presidencial ya no será una disputa de matices programáticos, sino una transición traumática entre dos lógicas de supervivencia contrapuestas. Y, en esa instancia, la inteligencia de la ciudadanía será puesta a prueba para ver qué y a quién quiere como capitán de un barco que navega por aguas amenazantes.