La víspera de una semifinal del Mundial de Fútbol entre Argentina e Inglaterra trasciende el rectángulo de césped. Aunque el director técnico nacional, Lionel Scaloni, intentó desdramatizar con la sensatez que lo caracteriza al afirmar que «es solo un partido de fútbol» (algo que también hizo el arquero inglés, Jordan Pickford), la realidad social, política y económica que envuelve a este cruce desactiva cualquier intento de neutralidad deportiva. Para el sentimiento colectivo, el duelo carga con el peso de una memoria histórica que ninguna pelota puede gambetear.

La opinión pública nacional observa de forma unánime a Inglaterra como una potencia invasora que mantiene bajo usurpación las Islas Malvinas, perpetuando el dolor de un conflicto bélico en 1982 donde se cometieron crímenes de guerra que la memoria nacional no olvida.
Esta sensibilidad contrasta de manera flagrante con la postura del presidente MIlei, quien sostiene una estrecha relación con las autoridades británicas y ha evitado plantarse con firmeza en el histórico reclamo de soberanía; por el contrario, en su momento llegó a sugerir que los isleños deberían decidir su pertenencia «votando con los pies», a lo que se suma su declarada admiración por la figura de Margaret Thatcher, la primera ministra que -entre otras aberraciones- ordenó el hundimiento del crucero General Belgrano fuera de la zona de exclusión.

En las tribunas, la distancia temporal parece no hacer mella en el folclore popular. Han pasado 24 años desde la última vez que ambas selecciones se enfrentaron en una Copa del Mundo —aquel lejano partido de fase de grupos en Corea-Japón 2002—, pero el cancionero de la hinchada argentina mantiene intacto su rechazo hacia el rival de turno. El clásico «el que no salta es un inglés» sigue siendo uno de los hits inevitables de la tribuna, una marca registrada que une a distintas generaciones que ni siquiera vivieron los años del conflicto.

Del otro lado, la narrativa británica también conserva sus propios resentimientos. Los ingleses insisten en reclamar por el legendario gol con la mano de Diego Armando Maradona en México 1986, catalogando históricamente aquel encuentro como «el triunfo de la trampa».

“Desde las invasiones inglesas y la ocupación de las Islas Malvinas. Desde los ferrocarriles y el diseño estratégico para que las materias primas llegaran al puerto de Buenos Aires y de allí partieran hacia Gran Bretaña. De tratados comerciales y empréstitos. De deudores y acreedores. De pactos como el de Roca-Runciman. De independencia económica o dependencia. De unidos o dominados. Después de la Segunda Guerra Mundial, cada encuentro fue entrelazando esa relación de lazos conflictivos”, dijo acertadamente Oscar Barnade en Clarín.

La disputa, por lo tanto, excede los noventa minutos. Hoy en Atlanta se jugará un pase a la final del domingo, pero en el fondo se volverán a poner en juego las tensiones de una rivalidad que combina la geopolítica, el dolor de la guerra y la mística popular de dos naciones que, en la práctica, no separan el fútbol de sus propias historias.
Debería ser solo un partido de fútbol. Seguramente, será mucho más…