Hay algo que el fútbol consigue con una naturalidad asombrosa y que, paradójicamente, la vida cotidiana parece empeñarse en dificultar: lograr que miles de personas, distintas entre sí, miren hacia un mismo lugar.
Durante el Mundial que acaba de terminar en Estados Unidos, México y Canadá, San Rafael volvió a demostrarlo. Lo hizo en cada bandera colgada de un balcón, en cada camiseta celeste y blanca que apareció en las calles, en los bares repletos, en las familias que organizaron el almuerzo o la cena alrededor de un televisor y en los abrazos espontáneos entre personas que, probablemente, jamás se habían visto.
La Selección Argentina volvió a regalarnos algo mucho más valioso que los resultados deportivos. Nos recordó que todavía somos capaces de sentirnos parte de algo común.
Y quizás allí esté la mayor enseñanza que deja este Mundial.
Porque durante varias semanas desaparecieron, al menos por un rato, las diferencias políticas, las discusiones de todos los días, las grietas que parecen interminables y hasta las preocupaciones económicas que acompañan a muchas familias. Todos queríamos exactamente lo mismo. Todos sufríamos igual. Todos festejábamos igual.
Esa capacidad de unirse detrás de un objetivo es, probablemente, uno de los activos más importantes que tiene una comunidad.
El desafío aparece cuando se apagan las luces del estadio.
¿Qué pasaría si esa energía colectiva pudiera trasladarse a otros ámbitos? ¿Qué ocurriría si la misma convicción con la que alentamos a la Selección la pusiéramos para defender los intereses de nuestra región? ¿Cuánto podría crecer el sur mendocino si aprendiera a sostener esa unidad cuando el rival ya no viste otra camiseta, sino que son las desigualdades, el centralismo o las oportunidades que muchas veces terminan quedándose a cientos de kilómetros de aquí?
San Rafael conoce demasiado bien lo que significa pelear desde lejos. Vivir en el extremo sur de Mendoza implica, muchas veces, reclamar por recursos, infraestructura e inversiones que suelen concentrarse alrededor de la capital provincial. Quizás por eso emociona tanto comprobar que cuando una comunidad realmente se une, es capaz de conseguir cosas enormes.
Durante cada partido aparecía una ciudad distinta. Restaurantes completos varios días antes. Bares sin una silla disponible. Casas de comida trabajando al máximo. Comercios vendiendo camisetas, banderas, gorros, cornetas y todo aquello que permitiera sentirse un poco más cerca de la Selección. Supermercados, despensas, vinotecas y locales de bebidas registrando un movimiento que pocas veces se observa fuera de las grandes celebraciones. Y si, el fútbol también mueve la economía.
Y no se trata solamente de cifras. Detrás de cada mesa ocupada hubo mozos trabajando. Detrás de cada pizza compartida hubo cocineros. Detrás de cada bandera vendida hubo comerciantes. Detrás de cada reunión hubo proveedores, repartidores, emprendedores y pequeños empresarios que encontraron en el entusiasmo colectivo una oportunidad para mejorar sus ventas. El Mundial también dejó empleo, consumo y circulación de dinero y esto en tiempos donde la economía suele ofrecer más incertidumbres que certezas, no es un dato menor.
Pero, una vez más, la reflexión trasciende el deporte.
Si una Selección puede movilizar semejante entramado social y económico durante un mes, ¿por qué no pensar que una región unida puede hacer exactamente lo mismo durante todo un año?
San Rafael posee recursos naturales extraordinarios, talento humano, una identidad profundamente arraigada y una capacidad de trabajo que nadie discute. Lo que muchas veces falta no son condiciones, sino coincidencias. La decisión de dejar de lado, aunque sea por un momento, las diferencias para defender aquello que beneficia a todos.
El Mundial terminó. Las camisetas volverán lentamente al placard. Las banderas dejarán los balcones. Los bares recuperarán su ritmo habitual y las conversaciones dejarán de girar alrededor de formaciones, penales o estadísticas. Pero sería una verdadera lástima que también se fuera esa sensación de pertenencia que, durante varias semanas, nos hizo sentir parte de un mismo equipo.
Quizás el mayor triunfo que podría conseguir San Rafael no sea el que llegue desde una cancha de fútbol, tal vez sea aprender que las comunidades crecen mucho más rápido cuando entienden que los partidos verdaderamente importantes no se juegan unos contra otros, sino todos juntos para el mismo lado.
Una vez más, depende de todos nosotros.