Existe una paradoja alarmante en la dinámica de la crianza contemporánea: familias que extremaron los caudales de vigilancia sobre el espacio público, que temen la calle y los peligros del entorno físico, pero que abrieron de par en par la puerta de entrada al riesgo más corrosivo dentro de la propia casa. El teléfono celular, presentado como un anestésico o un mero instrumento de entretenimiento, se transformó en la vía de acceso irrestricta a un mercado voraz que explota la inmadurez biológica y la vulnerabilidad emocional de las nuevas generaciones.

La proliferación de las apuestas digitales y la adicción a las pantallas entre adolescentes ya no es una advertencia abstracta de la ciencia; es una realidad que cruza de lleno a las aulas y a los hogares de San Rafael. Frente a este escenario, las declaraciones a Diario San Rafael del doctor Santiago Resett, psicólogo e investigador del CONICET, ponen sobre la mesa la gravedad del cuadro: «Los padres y madres están hipervigilantes respecto a lo que ocurre en la calle, temen los robos o el contacto con desconocidos, pero minimizan por completo los riesgos del mundo virtual. Están tranquilos porque el hijo está dentro de la casa, pero desconocen el peligro de las apuestas online, que son profundamente adictivas».

El problema no radica en una simple cuestión tecnológica, sino en la fragilidad biológica de quienes la consumen. El desarrollo cerebral del adolescente encuentra en la búsqueda de recompensa inmediata un estímulo difícil de pausar sin mediación. A la par de la presión de pares y el manejo no regulado de billeteras virtuales, las casas de apuestas deportivas hallaron un terreno fértil para operar sin mayores trabas. Tal como advierte el especialista, «el cerebro adolescente está en pleno desarrollo; las funciones ejecutivas que permiten evaluar riesgos y frenar impulsos no se terminan de consolidar sino hasta los 25 años». Mientras un establecimiento físico exige controles estrictos en la puerta, en la pantalla basta con tildar una casilla engañosa para ingresar a un circuito de ludopatía temprana.

El trasfondo de esta crisis evidencia además una inacción estatal sistemática y la condescendencia frente a intereses comerciales millonarios. Mientras las plataformas bancarias exigen validaciones biométricas estrictas, las firmas de apuestas continúan funcionando bajo esquemas laxos de verificación de identidad. A esto se suma la ausencia de relevamientos oficiales que permitan dimensionar el fenómeno en el territorio nacional. En palabras del investigador del CONICET: «El primer gran obstáculo que tenemos en la Argentina es la falta de un diagnóstico nacional sistemático (…) Vamos siempre ‘apagando incendios’ cuando salta un caso mediático de ciberbullying o ciberapuestas, en lugar de trabajar en prevención primaria».

Frente a la ceguera cotidiana ante el consumo compulsivo y la pérdida de habilidades básicas en la infancia, la recuperación del acompañamiento adulto no es una sugerencia pedagógica, sino un imperativo de salud pública. La protección de la salud mental de los jóvenes exige abandonar la comodidad del “Dejar hacer” digital, asumir el costo de fijar límites y demandar políticas de Estado que pongan un freno a la mercantilización de la vulnerabilidad adolescente.