María José López repasó sus comienzos en una escuela artística municipal de San Rafael, su paso por la Vendimia, la experiencia de vivir en un circo y el camino que la llevó a trabajar en escenarios nacionales e internacionales sin perder de vista sus raíces.
Para María José López, la danza comenzó como una alternativa para canalizar la energía de una niña inquieta. Lo que en un principio fue una actividad elegida por sus padres terminó convirtiéndose en una vocación que la llevó a recorrer escenarios de distintos países, participar en importantes producciones y construir una carrera artística que sigue creciendo.

En diálogo con Diario San Rafael y FM Vos 94.5, la bailarina sanrafaelina recordó cómo fueron sus primeros pasos y el recorrido que la llevó desde una escuela municipal de arte hasta trabajar junto a reconocidas figuras del espectáculo.
«Empecé a bailar porque básicamente a mis papás no les quedó de otra que mandarme a danza. Era muy interactiva y probamos con el deporte, probamos con un montón de cosas, pero no, era la danza», recordó entre risas.
Sus primeros aprendizajes fueron en la Escuela Artística Municipal San Francisco Solano, una experiencia que, según contó, marcó definitivamente su vida. «Desde ahí nunca paré», señaló.

Aunque la danza ocupaba cada vez más espacio en su vida, aseguró que nunca imaginó que terminaría siendo su profesión. «No esperaba que fuera realmente mi profesión, pero le dediqué tantas horas de estudio, de práctica, que después no quedó otra que hacerse cargo de todo eso, de lo que fui armando», expresó.
María José explicó que entre los 16 y los 18 años comenzó a comprender que quería dedicarse profesionalmente al baile, aunque en esa etapa también trabajó en otros rubros mientras analizaba qué camino seguir.
«Trabajé como moza, trabajaba también en ventas. Quería estudiar abogacía, pero en ese momento en mi casa no estaba la posibilidad de ir a una universidad privada. Entonces empecé a trabajar y fui viendo de qué me iba a dedicar», contó.
Finalmente, la danza terminó imponiéndose. «A los 18 fue cuando empecé más a dar clases de acrobacia, de danza, hacer shows y, obviamente, Vendimia, que para los bailarines sanrafaelinos y mendocinos es una gran experiencia de trabajo y muchas veces la primera», explicó.

La artista participó tanto en la Vendimia de San Rafael como en la Fiesta Nacional de la Vendimia en la ciudad de Mendoza, experiencias que recuerda como una etapa muy importante de su formación.
El salto al circo y el sueño de Buenos Aires
Uno de los momentos que cambió el rumbo de su carrera fue la llegada del Circo Servian a San Rafael.
«Llegó el Servian a San Rafael y yo estaba trabajando como moza y daba clases. No estaba en mi idea ser parte del circo, pero entré y cuando el circo se fue a Buenos Aires agarré mis cosas y me fui con ellos», relató.
La decisión también significó cumplir un sueño que venía persiguiendo desde hacía tiempo.
«La idea de irme a Buenos Aires siempre fue mi ilusión, mi sueño. Había intentado un par de veces hacer castings, incluso para el Bailando, pero no había quedado. Hasta que apareció esta oportunidad», recordó.
Su ingreso al circo también estuvo marcado por la ayuda de otra artista sanrafaelina.

«Gracias a Analía, que también es sanrafaelina y hoy está en Estados Unidos gracias al circo, conocí a los dueños. Ella les dijo que yo bailaba muy bien, me probaron y ahí dijeron: ‘Dale, sumate'», contó.
Durante seis meses recorrió distintas ciudades junto al Circo Servian, una experiencia que describe como única. «Viví una vida de seis meses en un circo, así como en las películas», resumió.
Según explicó, la convivencia dentro de una compañía circense es completamente distinta a cualquier otra forma de vida.
«Siempre dije que el circo es como un mundo aparte, porque realmente va con otras reglas que la sociedad no tiene. Tu trabajo es tu mismo hogar y la gente con la que trabajás se convierte en tu familia», afirmó.
«Había momentos en los que la pasaba medio mal porque no teníamos agua, o se cortaba la luz, o vivir en la casilla no era tan cómodo», recordó.
Las condiciones variaban según el lugar donde se instalara el circo. «A veces te tocaba un estacionamiento de un supermercado y estaba buenísimo, pero otras veces eran terrenos de tierra, llovía y se llenaba todo de barro. Era una locura, pero son experiencias que no voy a olvidar jamás», señaló.
A pesar de las dificultades, aseguró que esa etapa fue una de las más importantes de su vida. «El circo me dejó muchas enseñanzas, muchos valores y mucha fortaleza en cuanto a la vida», expresó.

Después de esa experiencia llegaron nuevas oportunidades que la llevaron a trabajar en Buenos Aires, realizar temporadas teatrales, participar en producciones junto a Flavio Mendoza y desarrollar proyectos artísticos en Egipto.
Cuando terminó la temporada con Sex, el trabajo no aparecía en Buenos Aires y decidió buscar otras opciones de trabajo profesional. En ese entonces surgió la posibilidad de viajar a Egipto durante 6 meses.
«Egipto fue una decisión para estar mejor económicamente. Eran seis meses; me estaba yendo a la otra punta del mundo, pero quería probar viajar al exterior profesionalmente. Trabajaba en barcos en el Nilo, en un lugar llamado Zamalek. Eran barcos con mesas, como un dinner show. Hacíamos la recepción y luego un show de baile», explicó.
El cambio cultural, como bailarina y como mujer, no fue tan brusco porque la danza estaba siempre presente. «Mi cuerpo y mis emociones sentían el choque cultural, pero yo estaba bailando todo el tiempo. Fue una experiencia hermosa; vivíamos cuatro argentinas en una casa en un barrio muy local. El trabajo era cuidado, pero el trato hacia la mujer en Egipto es diferente al de acá. Descubrí una personalidad más fuerte para marcar límites; allá era un león. Fue una temporada desgastante por estar siempre alerta, pero aprendí mucho».
Al mirar hacia atrás, considera que el mayor aprendizaje no estuvo relacionado con los escenarios recorridos, sino con haber conservado su identidad.
«Cada lugar me hizo desafiarme y ponerme a prueba para ver si era capaz de cambiar lo que soy por el contexto. Creo que agradezco no haber cambiado jamás mis valores ni mi esencia», reflexionó.

Y agregó: «Lo más importante fue aferrarme siempre a lo que fui en un principio: una niña que quería bailar».
Hoy, con 25 años, continúa proyectando su carrera artística con nuevos desafíos.
«La danza siempre va a ser mi gran amor, pero también quiero empezar a probar otras cosas: actuación, canto… Todo lo que me permita utilizar mi expresión creo que me van a ver ahí», concluyó.