El psiquiatra Damián Fernández, la psicóloga y sexóloga Nerea Olivera y el licenciado el psicología Diego Russo analizaron el escenario actual de la salud mental, el fuerte incremento de los suicidios entre los jóvenes, el impacto de la pobreza, las adicciones, las redes sociales y la escasa inversión pública. Coincidieron en que la prevención debe comenzar en la infancia y que la sociedad todavía mantiene prejuicios que dificultan pedir ayuda a tiempo.
La salud mental atraviesa uno de los momentos más complejos de las últimas décadas. El aumento de los cuadros de ansiedad y depresión, el crecimiento de los consumos problemáticos, el incremento de los suicidios entre adolescentes y adultos jóvenes, la sobrecarga del sistema público y la escasez de recursos disponibles conforman un escenario que preocupa cada vez más a quienes trabajan diariamente con estas problemáticas.
Lejos de tratarse únicamente de enfermedades individuales, los especialistas sostienen que detrás de estos cuadros aparecen factores sociales, económicos, culturales y familiares que requieren una respuesta mucho más amplia que la atención clínica. En ese contexto, coinciden en que la prevención continúa siendo la principal deuda pendiente y que la salud mental todavía no ocupa el lugar que debería dentro de las políticas públicas.
Ese fue el eje de una extensa charla realizada en el programa «Todas las voces», de FM Vos 94.5, conducido por Ariel Sat y Alejandro Sosa, de la que participaron el psiquiatra Damián Fernández, la psicóloga y sexóloga Nerea Olivera y el licenciado en psicología Diego Russo, quienes analizaron durante casi una hora las distintas dimensiones de una problemática que consideran cada vez más visible y urgente.
La conversación comenzó con una pregunta sencilla, aunque fundamental para comprender cómo se aborda actualmente la salud mental: cuál es la diferencia entre el trabajo que realiza un psiquiatra y el de un psicólogo.

Fernández, quien también se desempeña en el hospital Schestakow, explicó que, aunque muchas veces ambas profesiones se confunden, cumplen funciones diferentes y complementarias dentro de un mismo proceso terapéutico.
«El psiquiatra trabaja más con la parte biológica, la personalidad de la persona y la psicopatología cuando existe alguna alteración mental o una enfermedad que requiere medicación», explicó.
Sin embargo, aclaró que ese abordaje nunca debería realizarse de manera aislada. «Trabajamos interdisciplinariamente. El psicólogo, el psicopedagogo y los trabajadores sociales son piezas fundamentales dentro de un trabajo interdisciplinario que cada vez es más funcional para los pacientes», señaló.
En la misma línea, Nerea Olivera destacó que la terapia psicológica acompaña a la persona durante todo el proceso de recuperación y que ambas disciplinas necesitan trabajar en conjunto. «Siempre considero al psicólogo como el compañero de la psiquiatría», sostuvo.
Como ejemplo mencionó a quienes atraviesan ataques de pánico. Explicó que, una vez descartadas causas orgánicas, puede ser necesaria una medicación específica para disminuir los síntomas más incapacitantes, pero el verdadero proceso de recuperación continúa luego en el espacio terapéutico, donde la persona aprende a enfrentar los conflictos cotidianos que desencadenan ese malestar.
Una mirada integral sobre la salud mental
Los especialistas insistieron en que uno de los principales errores es reducir la salud mental exclusivamente a un trastorno o a una enfermedad psiquiátrica.
Fernández remarcó que el funcionamiento emocional de una persona nunca depende de un solo factor. «Hay que ver la salud mental como un factor biopsicosocial», afirmó.
Según explicó, cada individuo está atravesado por componentes biológicos, psicológicos y socioculturales que interactúan permanentemente entre sí. «No hace falta que una persona sea psicótica para necesitar medicación. Hay personas que están atravesando un evento traumático y ese sufrimiento las paraliza. En esos casos la medicación funciona como una herramienta para que el paciente pueda correrse un poco del síntoma y aprovechar el espacio de la psicoterapia», explicó.
Al mismo tiempo aclaró que existen patologías cuya base es predominantemente biológica y que requieren tratamientos prolongados. «Hay patologías psiquiátricas que necesitan medicación de por vida, igual que ocurre con la diabetes o con la hipertensión», ejemplificó.
Esa aclaración dio paso a otro de los grandes ejes de la entrevista: los prejuicios que todavía existen alrededor de las enfermedades mentales.
Para Fernández, todavía es habitual escuchar frases como «salí a caminar», «poné voluntad» o «no te hagás problema», expresiones que muchas veces buscan ayudar pero terminan profundizando el sufrimiento. «La persona no puede hacerlo, no es que no quiera», respondió.
Y agregó que ese tipo de comentarios suele provocar más frustración porque quien atraviesa una depresión o un trastorno de ansiedad ya se encuentra luchando contra una limitación que no depende exclusivamente de su voluntad.
Mucho más que una enfermedad individual
Diego Russo amplió esa mirada al sostener que la salud mental no puede separarse del contexto en el que vive cada persona. «No hay salud si no hay salud mental», afirmó.
Para el profesional, el sufrimiento emocional debe entenderse como parte de una construcción mucho más amplia que involucra la familia, la educación, la cultura, los vínculos y la comunidad.
«Estamos frente a momentos muy complejos. La incertidumbre hoy es planetaria. Debemos dejar de pelear entre nosotros porque ya hemos sufrido lo suficiente», reflexionó.
Según explicó, la educación cumple un papel determinante porque aprender también implica atravesar frustraciones, resolver conflictos y construir herramientas para afrontar los cambios que presenta la vida.
«La vida duele y muchas veces duele mucho cuando una persona no puede expresar qué le está pasando», señaló.
Russo advirtió además que la salud física y la salud mental no pueden analizarse por separado. «No atender solamente un diagnóstico sino toda esa constelación que forman la familia, la cultura, las costumbres y los vínculos», sostuvo.
A su entender, también resulta indispensable recuperar espacios de encuentro, amistad e intimidad que muchas veces quedan relegados frente a las exigencias cotidianas.

Cuando el entorno también enferma
Uno de los momentos más contundentes llegó cuando los especialistas comenzaron a analizar el peso que tienen las condiciones sociales sobre el desarrollo emocional de las personas.
Fernández explicó que la infancia constituye una etapa decisiva porque el cerebro todavía se encuentra en pleno desarrollo.
«Lo último que termina de evolucionar en el ser humano es el lóbulo frontal, que nos permite tomar decisiones, pensar y actuar», explicó.
Por eso advirtió que crecer en contextos atravesados por la pobreza, el hambre, el hacinamiento, la violencia o la exclusión genera un nivel de estrés que deja huellas profundas.
«No es lo mismo un niño que nace con todos sus recursos cubiertos que otro que vive con cinco personas en una habitación, con frío, con hambre o sobre un piso de tierra. Todo eso es estrés para una psiquis que todavía está en formación», describió.
Según sostuvo, esas experiencias aumentan la vulnerabilidad frente a numerosos problemas posteriores, desde las dificultades educativas hasta los consumos problemáticos y distintas enfermedades mentales.
En ese punto introdujo el concepto de epigenética, es decir, la interacción permanente entre la herencia biológica y el ambiente donde crece cada persona. «La genética se junta con la parte socioambiental», resumió.
Recordó incluso su experiencia profesional durante los años de formación en Mar del Plata, donde trabajó con chicos que crecían en contextos extremadamente vulnerables.
«Con 10 años ya son adultos jóvenes. Consumen como adultos, viven como adultos y encuentran ahí su sentido de pertenencia. Después es muy difícil correrlos de ese lugar», lamentó.
La prevención empieza mucho antes de llegar a un hospital
La conversación avanzó luego hacia una de las mayores preocupaciones de los profesionales: el crecimiento de las consultas por problemas de salud mental y la necesidad de actuar antes de que las situaciones se vuelvan críticas.
Para Diego Russo, el primer eslabón de esa cadena no está en los hospitales sino en las escuelas.
Explicó que los docentes suelen ser quienes detectan las primeras señales de alarma: cambios bruscos de conducta, dificultades de aprendizaje, autolesiones, aislamiento, episodios de ansiedad o manifestaciones de sufrimiento que muchas veces pasan inadvertidas en otros ámbitos.
«Los docentes también forman parte del Ministerio de Salud», afirmó, al remarcar el papel que cumplen diariamente en la detección temprana de estas situaciones.
El especialista señaló que desde su trabajo desarrolla talleres e intervenciones destinadas a generar espacios seguros para que niños y adolescentes puedan expresar aquello que les ocurre.
«Trabajamos en prevención, en promoción y en talleres para generar espacios de seguridad y confianza para que puedan decir qué les está sucediendo», explicó.
Russo insistió en que las políticas públicas deberían integrar mucho más estrechamente los sistemas de Salud y Educación.
«Si invertimos en salud vamos a tener mejores resultados en educación; y si invertimos en educación también vamos a tener mejores resultados en salud», sostuvo.
A su entender, muchas veces el sistema llega tarde porque actúa cuando el problema ya se encuentra instalado. Cuando hablamos de inclusión es porque alguien se quedó afuera», reflexionó.

Un sistema de salud cada vez más exigido
Asimismo, en el programa también se analizó la situación que atraviesa actualmente el sistema público de salud mental.
Fernández reconoció que la demanda crece de manera sostenida mientras los recursos disponibles resultan insuficientes para responder a esa realidad.
Explicó que el Hospital Schestakow enfrenta diariamente una fuerte presión asistencial y que la falta de profesionales constituye uno de los principales problemas. «Cada vez hay menos gente que quiera trabajar en un hospital», señaló.
El psiquiatra explicó que muchos profesionales trabajan bajo la modalidad de prestaciones, con remuneraciones bajas y condiciones que dificultan la incorporación de nuevos recursos humanos.
A ello se suma otro fenómeno que preocupa especialmente: el crecimiento de los consumos problemáticos.
Fernández advirtió que los nuevos tipos de consumo generan cuadros cada vez más complejos y requieren equipos especializados.
Sin embargo, describió un panorama limitado en materia de recursos.
Mencionó que el Centro Provincial de Adicciones (CPA) de San Rafael no cuenta actualmente con psiquiatras y que otras instituciones, como los dispositivos vinculados al SEDRONAR, realizan un enorme esfuerzo con los recursos disponibles, aunque reconoció que resultan insuficientes frente al aumento de la demanda. «La salud mental está muy precarizada», reveló.
Durante el intercambio, se planteó que la discusión de fondo no pasa únicamente por reconocer el problema, sino por decidir cuánto está dispuesto el Estado a invertir para enfrentarlo.
«Tenemos que sostener que la salud mental es parte de la salud pública», afirmó Fernández.
Y agregó que si los indicadores muestran un crecimiento sostenido de los suicidios, las adicciones y otros trastornos, los presupuestos deberían acompañar esa realidad.
«Cuando llega un paciente al hospital ya llegamos al final. La prevención viene mucho antes», insistió.
Para el especialista, la verdadera estrategia debe comenzar durante la infancia, ofreciendo alternativas deportivas, recreativas, culturales y educativas que permitan construir proyectos de vida saludables.
Suicidios: un fenómeno que preocupa cada vez más
La problemática del suicidio ocupó buena parte de la entrevista y fue abordada desde distintas perspectivas.
Fernández recordó que las estadísticas muestran un cambio muy marcado en los últimos años.
«La principal causa de muerte en los grupos de entre 19 y 25 años han dejado de ser los accidentes de tránsito y son los suicidios», afirmó.
Agregó que, después de la pandemia, las tasas aumentaron de manera considerable y que esa tendencia también se refleja en la edad de quienes requieren internaciones por problemas de salud mental.
«Hoy el promedio de edad de los pacientes que ingresan ronda los 25 o 26 años. Antes eran personas de más de 40 años», explicó.
Para el psiquiatra, estos datos demuestran que el problema se está desplazando hacia edades cada vez más tempranas.
Los especialistas coincidieron además en que la prevención no depende únicamente del sistema sanitario, sino también del compromiso de toda la comunidad.
La familia, la escuela, los clubes, los espacios deportivos y las organizaciones sociales forman parte de una red que puede detectar situaciones de riesgo antes de que sea demasiado tarde.
Cómo informar sin provocar daño
Uno de los pasajes más interesantes de la charla surgió cuando los conductores plantearon el papel que cumplen los medios de comunicación frente al aumento de los suicidios.
Los profesionales explicaron que existe abundante evidencia científica sobre la manera en que deben comunicarse estos hechos.
Russo hizo referencia al denominado efecto Werther, fenómeno que describe el riesgo de imitación cuando se difunden de manera inadecuada los suicidios, especialmente si se detallan los métodos utilizados o se trata de personas con gran exposición pública.
Frente a ello, mencionó también el efecto Papageno, que propone un abordaje completamente diferente.
En lugar de centrar la información en el hecho traumático, promueve visibilizar los recursos disponibles, las posibilidades de tratamiento, la recuperación y la importancia de pedir ayuda.
Fernández coincidió con ese criterio. Explicó que el objetivo no debe ser ocultar que existe un problema, sino informar con responsabilidad.
«El problema no es visibilizar que los suicidios están aumentando. Lo que debe evitarse es mostrar los métodos porque eso puede generar un efecto contagio», señaló.
Los especialistas también recomendaron extremar los cuidados frente a la enorme cantidad de información que circula diariamente en internet.
Russo advirtió que muchas personas llegan convencidas de padecer determinadas enfermedades luego de consumir contenidos sin respaldo científico.
«Tenemos que ser muy selectivos con la información que dejamos entrar a nuestra casa», recomendó.

Redes sociales, consumismo y nuevas frustraciones
Otro de los temas abordados fue el impacto que tienen las nuevas tecnologías sobre la salud mental.
Russo señaló que el uso excesivo de pantallas, la exposición permanente a estímulos y la búsqueda constante de aprobación generan nuevas formas de ansiedad y frustración.
También advirtió sobre la facilidad con que circulan diagnósticos incorrectos o simplificados a través de redes sociales.
Fernández, por su parte, consideró que la sociedad modificó profundamente su idea de éxito y de realización personal.
Explicó que hoy existe una presión constante por alcanzar determinados bienes materiales, experiencias o formas de vida que muchas veces resultan inalcanzables.
Eso también repercute en niños y adolescentes. «Los chicos compiten por quién tiene el mejor teléfono», ejemplificó.
Russo agregó que esa lógica alimenta el bullying, la exclusión y una sensación permanente de insuficiencia. «Las cosas no se aman; las personas sí», resumió.
Y añadió otra reflexión que sintetizó el fenómeno del consumismo actual. «Sufrimos mucho para obtener cosas y cuando las tenemos seguimos sufriendo porque queremos otra más».
La sobrecarga que enfrentan muchas mujeres
Nerea Olivera aportó una mirada centrada en el impacto que estas problemáticas tienen sobre las mujeres.
Explicó que una parte importante de las consultas que recibe está relacionada con la sobrecarga de responsabilidades.
«Trabajo mucho con mujeres que están trabajando y que se ven desbordadas», señaló.
Según describió, muchas pacientes intentan responder simultáneamente a las exigencias laborales, la crianza, las tareas domésticas y las expectativas sociales. «Mujeres que se están tomando licencias por psiquiatría o por psicología», comentó.
Para la profesional, todavía existe una fuerte tendencia a juzgar a quienes atraviesan dificultades emocionales.
«No hay salud mental prolija. Jamás ha existido y jamás va a existir», afirmó. También pidió abandonar la idea de que consultar a un profesional implica necesariamente un tratamiento prolongado o el consumo permanente de medicación.
«No necesariamente un psiquiatra significa tomar medicación toda la vida. Muchas veces unas pocas consultas ayudan a reorganizar una situación antes de que se agrave», explicó.
En el cierre de la entrevista, los tres especialistas coincidieron en dejar un mensaje dirigido a la comunidad.
Fernández recordó que las crisis emocionales son transitorias y que siempre existen alternativas de tratamiento. «Las situaciones suicidas son momentos malos. El suicidio es permanente, no es reversible», expresó.
Por eso invitó a quienes atraviesan situaciones de sufrimiento a buscar ayuda sin temor ni vergüenza.
Explicó que hospitales, centros de salud, instituciones públicas y profesionales particulares cuentan con herramientas para acompañar estos procesos.
Olivera agregó que la salud mental no debe asociarse únicamente con la enfermedad.
«No solamente se trabaja sobre el malestar. También se promueve la salud mental», afirmó.
Finalmente, Fernández dejó una reflexión que sintetizó gran parte del debate.
«Tenemos que lograr como sociedad que la salud mental deje de ser avergonzante. Nadie dejaría de ir al traumatólogo por un esguince porque le da vergüenza. Con la depresión o la ansiedad no debería ocurrir algo distinto. Pedir ayuda es fundamental«, concluyó.