A veces la solidaridad no necesita grandes estructuras, campañas multitudinarias ni enormes cantidades de dinero, sino alcanza con mirar alrededor, reconocer que alguien está pasando un momento difícil y preguntarse qué puede hacer uno con aquello que sabe hacer.

Cristian Baigorria es peluquero. También es papá de cuatro chicos y conoce de cerca lo que significa sostener una familia. Su esposa es docente de Nivel Inicial y el contacto permanente de ambos con niños y familias les permite observar una realidad que muchas veces permanece silenciosa: hay hogares donde, cuando el dinero no alcanza, hasta un corte de pelo puede transformarse en un gasto que debe esperar. De esa realidad nació una idea sencilla y enorme a la vez, ya que Cristian decidió regalar lo que tiene: su oficio y su tiempo.

Desde hace algunos días se instala en la Delegación Municipal de Pueblo Diamante y corta gratuitamente el pelo a niños cuyas familias necesitan una mano. No pregunta demasiado ni espera nada a cambio. Simplemente abre su bolso, prepara sus elementos de trabajo y empieza a cortar. Ahora necesita algo para poder hacerlo un poco mejor: una silla.

“Uno conoce las necesidades que atraviesan las familias”

La iniciativa surgió de las conversaciones cotidianas con su esposa.
“Ella es docente de Nivel Inicial y estamos rodeados de niños. Uno conoce las necesidades que a veces atraviesan las familias y yo soy peluquero, así que surgió la idea de ofrecer este servicio ahora que la situación está un poco complicada”, relató Cristian a Diario San Rafael.

Inicialmente pensó la propuesta en coincidencia con el Mes del Niño. Sin embargo, rápidamente apareció una decisión que habla todavía más del espíritu de la iniciativa: no quiere ponerle fecha de vencimiento.

“La idea es extenderlo. No tengo un tiempo para decir ‘bueno, hasta acá voy a cortar el pelo’, ofrecer el tiempo que más pueda”, remarcó.

Con esa intención se acercó a la Delegación de Pueblo Diamante, presentó la propuesta y encontró inmediatamente un lugar donde desarrollarla. “Hablé con la delegada y me recibió con los brazos abiertos con esta idea”, destacó.

Cuándo pueden llevar a los chicos

Cristian ofrece los cortes gratuitos dos veces por semana en la Delegación de Pueblo Diamante. Los miércoles atiende poco después de las 9 de la mañana hasta las 12, mientras que los jueves lo hace desde las 16 hasta aproximadamente las 18 o 19, dependiendo de la cantidad de chicos y del tiempo que demande cada corte. Habitualmente se organizan cupos de cuatro o cinco niños por jornada para poder dedicarles el tiempo necesario.

No hay detrás una peluquería montada, hay un peluquero solidario, sus herramientas y la voluntad de ayudar. Y precisamente por eso surgió ahora un pedido a la comunidad.

Una silla para que los chicos estén cómodos

Cristian necesita una silla que pueda regularse en altura para mejorar las condiciones en las que realiza los cortes. No pide un mueble nuevo. Tampoco pretende que alguien realice una compra costosa.

“Puede ser una silla estilo escritorio u oficina, de las que se elevan. En el estado en el que esté. Si hay que tapizarla, no importa”, indicó.

El motivo es tan sencillo como el resto de la historia: quiere que los chicos puedan estar cómodos mientras les corta el pelo y, al mismo tiempo, contar con una altura adecuada para desarrollar mejor su trabajo.

Por eso apeló a la solidaridad de cualquier vecino, comercio o empresa que tenga una silla de esas características que ya no utilice y quiera donarla.

Quienes deseen colaborar con la causa y cuentan con una silla para optimizar el trabajo que Cristian realiza en la Delegación, pueden comunicarse al celular 2604690559.

Cuando ayudar también significa regalar dignidad

En tiempos difíciles, las necesidades no siempre aparecen en las grandes estadísticas. También están escondidas en esas pequeñas cosas que una familia empieza a postergar cuando debe elegir qué pagar primero.
Un corte de pelo puede parecer insignificante frente a una factura de luz o gas, el alquiler o la comida. Pero para un chico significa mucho más que eso. Es mirarse al espejo, verse prolijo, sentirse bien antes de ir a la escuela, de un cumpleaños o simplemente al comenzar un nuevo día.

Y allí aparece el verdadero valor de lo que hace Cristian, porque no está entregando lo que le sobra, está ofreciendo algo mucho más valioso que son parte de su tiempo y el oficio con el que “se gana la vida”.

Es padre de cuatro hijos, tiene responsabilidades, obligaciones y, seguramente, las mismas preocupaciones que atraviesan a tantos hogares. Sin embargo, dispuso de unas horas de su semana para ofrecer su servicio a chicos que lo demandan. Y esa es una razón por la que esta historia no debe terminar con una silla donada, también expone y refleja que una comunidad se construye de esta manera, cuando alguien – en este caso Cristian – detecta una necesidad y en lugar de esperar a que otro la resuelva, se pregunta qué puede aportar y actúa en consecuencia.